LADY BIRD

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , on febrero 22, 2018 by Gonzalo Contreras

LA IDEALIZACIÓN DE LA JUVENTUD

Érase una vez una joven de diecisiete años inteligente, inconformista y un tanto contestataria pero de buen corazón. Vivía con su familia en un barrio de Sacramento, justo en el lado de la vía del tren equivocado, caracterizado por una humildad que contrastaba con la ampulosidad de las mansiones que reinaban un pocos metros más allá. Soñaba con comerse a bocados el mundo, abandonar los dictámenes religiosos marcados por la escuela católica en la que estudiaba, descubrir por sí misma los secretos y el ambiente cosmopolita que esconden las ciudades situadas en la Costa Este de Norteamérica y alejarse de una madre a la que adoraba pero que, en el fondo, y como buena adolescente díscola e inmadura, no podía soportar. Se hacía llamar Lady Bird, quizás por intentar atrapar, aunque simplemente fuera a través de las letras que componían su nuevo apodo, parte de esas ansias de libertad que tanto anhelaba descubrir y que tan lejos le resultaba divisar. Su verdadera identidad.

Con total seguridad, y obviando los detalles más particulares, el argumento descrito en el anterior párrafo les suena familiar. Lo hemos visto exhibido, con mayor o menor fortuna, en innumerables producciones americanas, la mayoría desde la perspectiva independiente (o indie, como prefieran) que muestra la película que nos ocupa. No obstante, no se dejen llevar por los prejuicios. A diferencia de las más insulsas, lastradas por los convencionalismos y ciertos desmanes de pretenciosidad, la efectiva LADY BIRD, símbolo actual, por motivos evidentes, de la corriente feminista abanderada por Hollywood, sobrevuela por encima de la media gracias a la espontaneidad, el minimalismo y la carga nostálgica conferida por su directora, la (a veces pasional, a veces irritante) actriz Greta Gerwig, capaz de conglomerar con acierto los detalles más personales de su juventud y transformarlos en un collage que conecta de lleno con el pasado del gran público.

De esta manera, y apoyándose en la maravillosa interpretación de Saoirse Ronan, diamante en bruto de la industria actual y álter ego de la realizadora, compone un certero fresco sobre la reconciliación con esas raíces que un día rechazamos y la añoranza, vista desde la distancia, de aquellos maravillosos (e idealizados) años, capturando a modo de episodios sueltos momentos álgidos de la aventura misma del crecer: conversaciones inanes con nuestros amigos de sangre (brillante la secuencia en la que hostias no consagradas y debates sobre la masturbación comparten plano); las relaciones fallidas; las relaciones aún más fallidas; la soledad que conlleva la incomprensión y la fascinación que se proyecta más allá de los dominios del reino materno. Todo expuesto desde la más absoluta naturalidad, sin histrionismos, sin situaciones atípicas o falsamente desmesuradas, y en donde parece no pasar nada y, en el fondo, pasa de todo. Como en la propia adolescencia.

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YO, TONYA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , on febrero 19, 2018 by Gonzalo Contreras

ROMPIENDO EL HIELO

A los Oscar les gustan los biopics. Si no lo tienen claro, echen un ojo a ediciones pasadas de la ceremonia: acompañando a la propuesta indie del año, esa de la que todo el mundo habla en el momento de su concepción y que el tiempo desvanece de nuestra memoria pasada la gala, y a la producción afroamericana de ocasión, presente para evitar las críticas feroces de los académicos más pseudoprogresistas, se cuela, en las categorías principales, la típica película que trata de ensalzar (o en algunos casos, desmitificar) la figura de un personaje emblemático y clave en el terreno de su profesión. Sus características de concepto y fondo son fácilmente identificables: condescendencia en su tratamiento, remarcada, además, por un academicismo mal entendido, pomposo y falsamente emotivo; una descripción lineal de los hechos, ejecutada con más comodidad que riesgo; y, principalmente, una interpretación del actor que lo interpreta, casi siempre condecorada con la preciada estatuilla, más mimética que excepcional.

Este año, contra todo pronóstico, parecía que iban a ser dos los largometrajes de esta materia que entrarían en las candidaturas principales. Por un lado teníamos El instante más oscuro, retrato de los días más negros del mandatario Churchill y su lucha contra el Régimen nazi en plena Segunda Mundial, dotado, hasta el hastío, de las dudosas virtudes expuestas en el anterior párrafo; por otro, la cinta que nos ocupa, YO, TONYA, complejísima fotografía de la polémica patinadora americana Tonya Harding transcrita en formato de falso documental, excitante en su diseño visual e indomesticable en su provocadora narrativa. Finalmente, solo uno de ellos ha logrado formar de esta poco sorprendente carrera de premios. Imagino que ya habrán deducido cuál es.

Reflexiones aparte, ¿qué hace que esta cinta sea uno de los espectáculos más inteligentes, irreverentes y ásperos de la temporada? Precisamente, la sustitución de los artificios y los estereotipos aceptados por este género tan benevolente en favor de la lucidez creativa. “A los americanos se les ama y odia a partes iguales. Tonya era cien por cien americana”– con esta aseveración, expuesta en los primeros minutos de metraje y toda una declaración de intenciones de lo que veremos seguidamente, se presenta orgullosamente una opereta pletórica en su transgresión de los estandartes narrativos y en su feliz combinación de géneros, desde la prosa desquiciada, musical y camorrista impresa por el Martin Scorsese de Uno de los nuestros (ruptura de la cuarta pared incluida) a la elegancia y el humor endiabladamente negro de los hermanos Coen. En ella cabe de todo, y todo abordado con personalidad propia, única.

Amenizada de forma impecable (sí, se me acaban los adjetivos entusiastas) por Margot Robbie y Allison Janney, maquiavélica metamorfosis de la Margaret White de Carrie, sin Biblia en mano pero con pájaro al hombro cual temible pirata de los mares, el film sobresale, igualmente, en el osadísimo tratamiento que otorga a situaciones tan peliagudas como el maltrato infantil o la violencia de género y en la descripción del patetismo y el espíritu gañán reinante en esa América profunda que todavía late en El país de las libertades, culminada con una antológica secuencia final en donde se refleja, como en pocos relatos, el paralelismo y la dualidad existente entre el sueño americano y la más sangrienta realidad. Y esto, en los tiempos que nos ha tocado vivir, lastrados por el insoportable hedor de lo políticamente correcto, tiene un mérito incalculable.

BLACK PANTHER

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , , on febrero 14, 2018 by Gonzalo Contreras

POCAS NOVEDADES EN EL HORIZONTE

Algún día, espero, entenderemos qué está ocurriendo con la cantidad avasalladora de producciones de superhéroes, la mayoría expuestas bajo la etiqueta de la todopoderosa Marvel, que, ausentes de un contenido mayor que el de entretener a las masas (lo cual no deja de ser una cualidad más que loable), están obteniendo unas opiniones abrumadoramente positivas entre la crítica especializada de todo el planeta. Película que surge, película que se convierte, automáticamente, en la mejor entrega de la franquicia. Métanse en las webs que reúnen pequeñas reseñas de los críticos estadounidenses más respetados; deléitense con sus puntuaciones máximas, acompañada casi siempre de unos adjetivos pletóricos en su condescendencia.

No soy experto en cómics. Ignoro, salvo en casos puntuales (el Batman de Bob Kane, sin ir mas lejos), el nivel de fidelidad que las adaptaciones presentan en relación al material de origen, ni tampoco comulgo, pues, con la nostalgia desprendida por unas viñetas que (no me cabe duda) han alegrado la infancia y existencia de infinidad de personas. Pero sí sé valorar cuándo un blockbuster de estas condiciones está facturado desde el corazón y el espectáculo más sincero y audaz. Mi veredicto se basa, por tanto, en aspectos puramente cinematográficos, que para eso estamos en el campo del séptimo arte. Y en ese sentido, BLACK PANTHER, el último exponente de estas propuestas regadas por la abundancia de piropos y alabanzas, no sólo está lejos de la supremacía que muchos aseguran, sino que se queda a medias en muchos y determinantes aspectos.

Empecemos por los aciertos, que los tiene: por primera vez en mucho tiempo, una película de superhéroes se atreve a romper con la estructura clásica latente en la última hornada del género, presentando un relato de base sólida (atención a las referencias evidentes a El rey león) carente del dudoso humor, aniñado y casi siempre indigesto, que caracteriza a la compañía y ofreciendo una desbordante imaginería visual, rica en detalles y colorido, en la construcción de los parajes que componen la región en la que transcurre la aventura (preciosos los planos oníricos con la aurora boreal de fondo y la majestuosidad de sus panorámicas). Y eso, ya de por sí, supone un pequeño soplo de aire fresco. Por contra, adolece estrepitosamente de algunos de los problemas de fábrica habituales en esta saga (una duración desorbitada, insólita teniendo en cuenta la escasa extensión de su argumento) y de nuevos frentes abiertos pulidos con desigual fortuna, principalmente su pretenciosidad a la hora de extrapolar los conflictos étnicos y raciales a nuestra actualidad política (sí, en este caso, la crítica al gobierno estadounidense se torna tosca y trivial) y la falta de carisma del protagonista principal, un endeble e insulso Chadwick Boseman, ensombrecido por un villano mejor construido que de costumbre y por unas heroicas amazonas, estas sí, protagonistas absolutas de la función y muy bien interpretadas por una bravísima Danai Gurira (sin duda, lo mejor del film), Lupita Nyong’ o y la recuperada Angela Bassett.

Con semejante disparidad, resulta difícil aceptar la grandiosidad de un largometraje vitoreado, incluso antes del estreno, por la legión de entusiastas afines a los tebeos y por un público que hará colas kilométricas en los cines para disfrutar de su visionado. Da igual cuántas veces lo haya visto antes, lo importante es repetir la experiencia. Los más críticos con esta deriva, en cambio, seguiremos esperando que un nuevo Nolan, Donner o Burton se atreva a dar un golpe sobre la mesa y recupere, en todo su esplendor, la magia que puede brindar esta desgastadísima y trillada temática.

LA FORMA DEL AGUA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , , on febrero 11, 2018 by Gonzalo Contreras

DONDE VIVEN LOS MONSTRUOS

No es casualidad que una de las principales referencias de LA FORMA DEL AGUA sea La mujer y el monstruo (Creature of the Black Lagoon), la maravillosa aventura acuática que dirigiera Jack Arnold a mediados de la década de los cincuenta. Su artífice, Guillermo del Toro, maestro de las sombras y los ambientes góticos, siempre se ha declarado un fan acérrimo de los grandes antepasados del género, un hecho que ha demostrado a lo largo de sus más de treinta años de carrera y cuya culminación se fraguó, hace tan solo tres años, con La cumbre escarlata, incomprendida y fastuosa revisión de los orígenes de la compañía Hammer, de los castillos perdidos en otras dimensiones, de los fantasmas que pernoctaban en los cuentos sobrenaturales leídos en nuestra niñez. Tres años después de aquel triunfo, el cineasta repite la jugada homenajeando (y actualizando, en todos los sentidos) a aquella revisión amazónica y extrañamente erótica de La bella y la bestia y, de rebote, a las monsters movies que inundaron las salas cinematográficas en esos días y cuya capacidad de evocación, merecedora de transgredir los límites del tiempo, se ha transmitido de generación en generación entre los cinéfilos amantes del cine de terror. Del terror puramente clásico, se entiende.

Pero no solo de tradición y artesanía vive esta preciosa película. Al igual que en las producciones más satisfactorias de James Whale o del contemporáneo Tim Burton, y sirviéndose de un contexto tan hipócrita, falsamente utópico y contradictorio como la Guerra Fría y los nuevos estandartes de progreso propagados por la América de Kennedy, el cineasta mexicano sigue fiel a sí mismo reflejando, nuevamente, la obsesión que caracteriza a la mayor parte de su filmografía: dar voz y voto (apréciese la connotación política, reflejo de la crispación social de la era Trump) a esas personas solitarias y repudiadas por los prejuicios marcados por la sociedad del momento. A los “seres que nacen demasiado pronto. O demasiado tarde”. Salen de noche, justo cuando los benefactores del american way of life yacen plácidamente en sus camas; se ven sujetos a oficios de mala muerte; viven en pequeños pisos en las afueras plagados de grietas y goteras y sus pequeños placeres residen en imitar los pasos de baile de viejas películas en blanco y negro o en apreciar el aromático olor que proporciona el incendio de una fábrica de chocolate. Pero no por ello renuncian a unos deseos de apariencia inalcanzable ni a la búsqueda de una felicidad que, quizá, se encuentra al otro lado de la barra de un restaurante de tartas incomestibles o en el ser monstruoso que habita en las mazmorras del lugar de trabajo.

Para agudizar los caracteres y la empatía de sus personajes principales, representados por Richard Jenkins y una impresionante Sally Hawkins, la atípica bella durmiente de este relato (una especie de Mia Farrow en La rosa púrpura del Cairo de contagiosa ternura y vitalidad), y como antídoto a las penurias del mundo real, Del Toro no duda en imponer una atmósfera fabulesca, colmada de tintes mágicos y acordes de cuento de hadas, a una narración marcada por los designios de la esperanza (en su universo siempre queda tiempo para las segundas oportunidades) y que oculta, entre sus paredes, un entusiasta y bellísimo tributo a la cultura cinéfila y musical de aquella época, válvula de escape en un años idealizados por el sueño americano y, en el fondo, teñidos de gris. Y es que, por encima de sus licencias argumentativas, La forma del agua es el testimonio audiovisual de un hombre que ama y siente el cine en sus venas, que entiende su lenguaje y los códigos que lo representan y que se deja el alma misma en cada proyecto.

THE FLORIDA PROJECT

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , on febrero 5, 2018 by Gonzalo Contreras

LAS CIÉNAGAS DEL REINO ENCANTADO

Ocurre todos los años. En mitad de la vorágine de los festivales de cine, llámense Toronto, Cannes o nuestro celebrado San Sebastián, y como si de un contagio masivo entre los espectadores se tratara, una película, casi siempre de apariencia humilde, se transforma en un fenómeno cinematográfico bendecido únicamente por criticas positivas. Los aplausos se extienden más allá del minuto de rigor; las redes sociales, con Twitter a la cabeza, se llenan de comentarios alabando la magnitud de la propuesta, la innumerable cantidad de valores que inundan cada fotograma, su patente y fulminante originalidad. Lo nunca visto y oído en una sala de proyección. Y aunque conoces los entresijos de estos eventos, en donde el cansancio y la necesidad de descubrir una obra magna se embarullan con unas emociones mal canalizadas, uno no puede evitar empaparse del entusiasmo generalizado por tanta cinefilia concentrada. Los prejuicios desaparecen, la apetencia de conocer el objeto de deseo entra en juego. Desgraciadamente, ya conocen el dicho: la curiosidad mató al gato.

Esta temporada, el origen de tanta efusividad se titula THE FLORIDA PROJECT. Enésima revisión de los resquicios de la América profunda vista a través de los ojos de los más indefensos, la película transcurre en un pequeño motel de carretera cercano al emblemático parque de Disneyworld. A escasos metros del país de los sueños, los reinos encantados, las hadas y los fuegos artificiales, de la cuna del capitalismo y el consumismo más atroz, familias sin recursos económicos, la mayoría desestructuradas y con hijos pequeños ajenos a su desoladora situación, malviven en un entorno dominado por las drogas, los malos hábitos y la marginación social. Riqueza y pobreza conviviendo puerta con puerta.

El problema de esta sobrevaloradísima cinta, de evidentes y plausibles connotaciones reivindicativas, se halla en la repetición sintomática de su estructura narrativa. Durante la primera hora y cuarto de metraje, fragmentada a modo de secuencias episódicas, compartimos las vivencias de los críos protagonistas (espejo de la actitud chulesca y camorrista de sus progenitoras) sin que en ningún momento brote un conflicto de mayor trascendencia y envergadura. Para colmo, su director, el no menos sobreestimado Sean Baker, busca constantemente la empatía del espectador desgranando las gamberradas ejecutadas por los chavales (algunas deleznables) desde una perspectiva cómplice y festiva. En otras palabras, lo que para algunos puede resultar adorable en pantalla grande, para otros, entre los que se encuentra un servidor, supone una experiencia difícilmente soportable.

Solo William Dafoe, guardián del reino de fantasía idealizado por los niños y testigo, en primera persona, del patetismo y la miseria que rodea a sus inquilinos, y algunos capítulos del relato (el incidente con el pedófilo, repugnante por lo que da a suponer más que por lo que muestra), versos sueltos en un todo inconsistente, consiguen visibilizar el buen material de partida que yacía sobre papel. Y es que, a pesar de sus propósitos, The Florida Project apenas se aleja de los típicos productos facturados para triunfar en certámenes como Sundance y revestidos con los últimos dobladillos del cine independiente norteamericano que tanta aceptación tienen en el momento de su gestación y cuyo halo divino se diluye como un azucarillo meses después de su estreno. ¿Se acuerdan de un film titulado Moonlight? Pues eso. La supuesta belleza de lo efímero.

AMITYVILLE: EL DESPERTAR

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , on enero 30, 2018 by Gonzalo Contreras

LA MORADA DEL MIEDO

Ocurrió el 13 de noviembre de 1974 a las 3:15 de la madrugada. Ronald DeFeo, primogénito de una familia numerosa residente en Long Island, asesinó salvajemente a sus padres y a sus cuatro hermanos asegurando que voces procedentes del sótano de la casa le habían obligado a cometer los crímenes. El resto forma parte ya de la historia del folclore norteamericano: tiempo después, los Lutz, sus nuevos inquilinos, tuvieron que abandonar precipitadamente la residencia ante el asedio interminable de los entes diabólicos que, supuestamente, habitaban entre sus paredes. Poco importó que al cabo de unos años se demostrara el fraude de estas afirmaciones o la cantidad de pruebas que relacionaban al padre de los DeFeo con organizaciones mafiosas; la morada, situada en el 112 de Ocean Avenue, aumentó su leyenda negra (en gran medida, por medio del best-seller de Jay Anson “The Amytiville horror”) hasta convertirse, a día de hoy, en centro de peregrinaje de numerosos amantes del mundo sobrenatural y en uno de los casos parapsicológicos más afamados de la historia de Norteamérica.

El expediente del suceso no ha encontrado, empero, una traslación cinematográfica a la altura de su jugosos ingredientes. Ni la propuesta original, Terror en Amityville, una película envejecida desde el momento de su concepción y ligada a las últimas sacudidas del cine satánico de los setenta, ni sus secuelas (salvo la segunda parte, “La posesión”, una precuela con ciertos elementos de interés), ni mucho menos su remake, insulsa revisión de los acontecimientos a mayor gloria de los abdominales de Ryan Reynolds, han logrado captar el desasosiego, el mal rollo y los espeluznantes detalles proyectados en las páginas de Anson, cayendo siempre en la comercialidad más efímera e ignorando el impactante material de origen.

Decimosexto episodio (creemos) de la serie, AMITYVILLE: EL DESPERTAR aglutina la misma cantidad de tópicos expuestos en las anteriores entregas y, por ende, en el imaginario colectivo del cine de terror propuesto por la compañía Blumhouse (puertas y ventanas que se abren y cierran solas, colecciones de muñecas de porcelana de semblante aterrador, jóvenes intérpretes de aspecto gótico vestidas con lencería fina para despertar el deseo de los muertos -y los no tan muertos-…). Todo salpimentado con los últimos aportes del género, utilizando a la espléndida Insidious y sus niños comatosos como principal referente del argumento.

Sorprendentemente, más allá de sus estereotipos, reproducidos sin ningún tipo de vergüenza, la cinta consigue sobresalir de la media gracias a sus paródicas referencias a la novela (Thomas Mann disfrazado con una careta de cerdo en la ventana, tal y como se recoge en los testimonios de la benjamina de los Lutz; sus pequeños detalles incestuosos, ya examinados en la comentada “La posesión”), a los agudos guiños metacinematográficos (el visionado del largometraje original en el mismísimo museo de los horrores) y, especialmente, a sus alusiones a la serie B más bizarra y desenfadada, característica del celuloide de terror de consumición rápida apilado en las repisas de los videoclubes en los años noventa. Sí, nuevamente, la nostalgia se convierte en la mejor aliada de una película.

EL HILO INVISIBLE (Phantom Thread)

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , on enero 29, 2018 by Gonzalo Contreras

LA MUSA DEL CREADOR

Pieza clave y punto de inflexión en la filmografía del añorado Alfred Hitchcock, tanto por suponer su puesta de largo en Hollywood como por dibujar muchas de las obsesiones fetichistas que le atormentaban, lo más fascinante de la monumental Rebeca, basada en la novela de Daphne Du Maurier, era comprobar cómo la presencia de la mujer que daba título al film, muerta tiempo atrás, se apoderaba de las tiras de celuloide sin necesidad de aparecer durante las dos horas de metraje. El recuerdo espectral de la difunta esposa De Winter se expandía como veneno por las góticas estancias del viejo caserón, en las pecaminosas intenciones de la maquiavélica ama de llaves, la señora Danvers, en la locura creciente de su sustituta en vida. Y, principalmente, en los desdichados pensamientos de su marido, un hombre de alta cuna incapaz de romper las cadenas que le unen a un pasado lastrado por los enigmas y el rencor.

En EL HILO INVISIBLE, la gran sorpresa de los Oscar de este año y, sin duda, el largometraje más poético y embriagador del director Paul Thomas Anderson desde los tiempos de Magnolia, ocurre algo parecido. El protagonista, un sobresaliente Daniel Day Lewis (en su trabajo más comedido en lustros), es un respetado modisto de las clases altas británicas; su réplica femenina, Vicky Krieps, una camarera bendecida, al igual que el personaje de Joan Fontaine, por la fragilidad y la inocencia. La atracción entre ambos se hace palpable desde el mismo instante de conocerse (bellísima la secuencia del cortejo). Prematuramente, se trasladan a la lujosa residencia del diseñador, una especie de Manderley londinense, en donde el carácter irascible y egocéntrico de él dificultará la convivencia de la pareja. Sin embargo, con el paso de los meses, su ética profesional, magullada por las enseñanzas de una madre ya fallecida pero demasiado viva en su memoria, se resquebrajará ante el amor sincero que siente hacia su nueva amante, quien, poco a poco, asumirá el control de la relación. “Deja que conduzca yo”, le propone en el ecuador de la historia, justo antes de que la música, hasta entonces omnipresente y en ese momento ausente, vuelva a retumbar en los oídos del público. Pero con otro tono, con otra simbología.

Como en la obra maestra de Hitchcock, aquí también hay sirvientes a merced del anfitrión, una relación marcada por secretos inconfesables e incluso una señora Danvers (maravillosa Leslie Manville) poseedora de las llaves del castillo. Y, por supuesto, un pretendiente sometido a las ánimas del pasado. Consciente de la compleja psicología que encierra la película, Anderson desnuda paulatinamente y con pinceladas maestras el alma de su personaje principal, destapando en pantalla la pasión (y dependencia) que siente hacia el oficio, sus reveladoras y fantasmagóricas pesadillas matriarcales o los acertijos, plagados de anhelo y desesperación, que guarda en cada creación. Su musa será el rompecabezas que dinamitará su particular zona de confort. Y el espectador, el cómplice de esta enfermiza, insólita y apasionante historia de amor.