QUIEN A HIERRO MATA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , on agosto 29, 2019 by Gonzalo Contreras

NO HABRÁ PAZ PARA LOS MALVADOS

Curiosamente, lo mejor del anterior proyecto de Paco Plaza, Verónica, poco tenía que ver con la naturaleza sobrenatural del film. Basada en los sucesos inexplicables acaecidos en el distrito madrileño de Vallecas a comienzos de los noventa, germen de infinidad de leyendas urbanas y muestra fehaciente del folclore y la superstición imperantes en nuestro país, brillaba, principalmente, por la descripción tan exacta de aquel barrio dominado por los últimos resquicios de los sinsabores de la Movida madrileña.

Drogadicción, inseguridad y una sensación continua de desazón al ritmo de Héroes del silencio servían de sólida base sobre la que asentar una historia de posesiones y entes diabólicos que, en otras manos, hubiera caído de lleno en los clichés más sobados del género. El Mal, en toda su esencia, se apoderaba de nuestro entorno más próximo, aquel en el que deberíamos sentirnos a salvo de cualquier peligro.

Precisamente, el gran acierto de la inmensa, sobrecogedora y asfixiante QUIEN A HIERRO MATA, último trabajo de un director, hasta entonces, conocido por sus inmersiones en la temática del horror ibérico, se encuentra en el escenario social que envuelve la intriga principal. Historia de venganza bajo el marco del narcotráfico gallego, la película, posiblemente la más redonda del cineasta, se beneficia de un contexto que nos resulta demasiado familiar, tanto en su trama de thriller con tintes paternofiliales (liderada por un “Padrino” sin escrúpulos y en el ocaso de su vida) como en su vertiente más cotidiana, reflejando con especial lucidez el ámbito profesional del protagonista (atención a los diálogos entre enfermeros y pacientes, tan espontáneos, tan reconocibles) y una faceta hogareña repartida entre cursos de preparación al parto y bailes al ritmo de Julio Iglesias.

Dirección, guion, actores (genial Tosar, inmensos Enric Auquer y el desaparecido San Cejudo), una puesta en escena plagada de macabros detalles (soberbio su descorazonador plano final, una absoluta declaración de intenciones)todo resulta modélico en una cinta que te destroza por dentro, que abrasa en sus siniestros y lúcidos giros de argumento, que juega brillantemente con la tensión, las emociones y la paciencia del espectador.

ROCKETMAN

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , on mayo 29, 2019 by Gonzalo Contreras

EMPIEZA EL ESPECTÁCULO

Durante los años setenta, y gracias a cineastas como Ken Russell, Brian De Palma o Norman Jewison, el género musical abordó nuevos conceptos estéticos y narrativos fuera de los cánones propios del Hollywood clásico. Drogas, sexo, rock & roll o el mismísimo espíritu hippie se mezclaban en un cóctel cinematográfico, a veces reivindicativo, otras puramente comercial, fruto de los aires de cambio que respiraba la sociedad de la época y, por ende, la propia industria audiovisual. Sin duda, el rey de la temática fue el coreógrafo y realizador Bob Fosse, por aquel entonces eminencia indiscutible en los escenarios de Broadway. Primero, con Cabaret, monumental aproximación a los pecaminosos ambientes nocturnos de un Berlín en pleno ascenso del fascismo; y siete años más tarde, con su obra maestra Empieza el espectáculo, una película menos celebrada entre el gran público, precisamente, por su sordidez, salvajismo y ruptura con los estandartes tradicionales.

El ocaso de un famoso coreógrafo musical, álter ego del propio director, servía a Fosse para componer, con ciertas reminiscencias al Ocho y medio de Fellini, un triste y demoledor retrato sobre el oscuro universo de decadencia y entrega que se esconde más allá de las bambalinas. Y esa estructura autodestructiva, en donde el protagonista se enfrenta cara a cara con sus miedos, adicciones, vicios y e incluso a la propia muerte, es aprovechada por el director Dexter Fletcher en su esperadísima ROCKETMAN, un producto lejos de las pretensiones y la carga autorial del show de Fosse pero con la suficiente audacia y potencia como para convertirse en una obra mayor, de contagiosa rebeldía y fuerza escénica.

A diferencia de la también espléndida Bohemian Rhapsody, cinta finiquitada por el propio Fletcher tras los escándalos sexuales de su realizador inicial, Bryan Synger, y con la que únicamente comparte su condición de biopic, Rocketman ahonda en la vida del cantante Elton John describiendo, sin ningún tipo de complacencia, las sombras que persiguieron durante varias décadas al artista, sus traumas infantiles, los excesos con todo tipo de estupefacientes y el miedo a que su homosexualidad trascendiera a la opinión pública. Y la propuesta, brillantemente hilvanada hacia un final terapéutico, se celebra por dos factores íntimamente ligados: la interpretación de Taron Egerton, viva imagen del maestro de ceremonias tanto en su faceta mímica como melódica; y su capacidad de capturar, por medio de sus apuntes oníricos y divertidamente psicodélicos, la magia de las letras de las canciones (casi todas prodigiosas) en la gran pantalla.

DOLOR Y GLORIA

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , on marzo 20, 2019 by Gonzalo Contreras

LA PASIÓN DE ALMODÓVAR

Resulta curioso que un cineasta como Pedro Almodóvar, con varias décadas a sus espaldas y no poco largometrajes en el camino, imprima en su cine una vitalidad, una fuerza escénica y un derroche de pasión mayor que el de muchas jóvenes promesas enfrentadas al reto de dirigir su primer proyecto audiovisual. Se podrá criticar la calidad de algunos de sus trabajos, la tragicomedia latente en muchas de sus historias, pero nadie puede negar la chispa adolescente, casi virginal, que emana de todos ellos. Incluso cuando la oscuridad de la descripción invade la pantalla, como es el caso del relato que nos ocupa, radiografía de un realizador sumido en las tinieblas de la depresión con cierto regusto autobiográfico (¿reminiscencias, tal vez, al ‘Gary Cooper, que estás en los cielos´ de Pilar Miró?), el autor manchego es capaz de transmitir en cada fotograma el júbilo y la intensidad presente en las sesiones de rodaje.

Se ha comentado en varios medios que DOLOR Y GLORIA podría funcionar perfectamente como testamento cinematográfico del director. Personalmente, no estoy de acuerdo. Más que un epílogo, la cinta, una de sus composiciones mejor rematadas, supone la culminación del melodrama exacerbado, puramente clásico, que invade su filmografía desde la incomprendida La flor de mi secreto y que encontrara su expresión más cristalina y genial en sus premiadas Hable con ella y Volver, esta última ligada de forma íntima, por evidentes huellas nostálgicas, a este extraordinario trabajo. También se ha transmitido la idea equivocada de que esta obra, por su condición expositiva, es el film más almodovariano del realizador cuando apenas hay rastro de sus manierismos, de sus (geniales) excentricidades y del subrayado de la tragedia como punto de inflexión vital. Tan solo queda su intrincada y laberíntica personalidad, desnuda, frágil, tan contradictoria en sus excesos como fascinante en su concepción del arte. Dolor y gloria no es una película de Almodóvar; es, directamente, la reencarnación en cine del propio Almodóvar, personificado en un colosal Antonio Banderas en el mejor papel de su carrera hasta la fecha.

Permanece, eso sí, la admiración por su idolatrado Douglas Sirk, la búsqueda de la belleza y de la inspiración en los recovecos de nuestro propio pasado, estrechando lazos con la no menos sobresaliente La gran belleza (“¿qué tenéis en contra de la nostalgia? Es la única distracción posible para quien no cree en el futuro”) y un sentido y vivaz homenaje al Séptimo arte. Porque si algo destila el film, sobre todo en su impresionante, catártico y revelador plano final, es un amor incondicional por el celuloide, por los recuerdos cinéfilos que aliviaban las penas en nuestra niñez, por la necesidad de crear y contagiar la magia de la construcción fílmica. Presente y pasado se alternan los puestos en un juego de espejos metacinematográficos de impecable factura técnica, a veces cómplices con la mirada melancólica del espectador, otras tan sumamente personales que, posiblemente, solo su director conozca el misterio real que anida en ellos.

NOSOTROS (Us)

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , on marzo 17, 2019 by Gonzalo Contreras

EL REFLEJO DEL MAL

Con la mítica secuencia de la ducha de Psicosis, en la que Janet Leigh moría a manos de un Norman Bates poseído por la ira deformada y espectral de su querida madre, Alfred Hitchcock cambió para siempre las reglas inscritas del cine de terror. Sin pretenderlo, o tal vez sí, su obra maestra (junto con la excepcional El fotógrafo del pánico, del mismo año e íntimamente ligada a ella) se convirtió en un presagio de una nueva corriente que todavía tardaría unos años en explotar: atrás quedaban las líneas clásicas de los monstruos de la Universal, la mirada implícita y ambigua de Jacques Tourneur o la supremacía de la Hammer con sus fascinantes renovaciones estéticas y coloristas de la literatura de Shelley y Stoker; por primera vez, el pánico penetraba en los hogares norteamericanos.

El cuarto de baño podía ser el escenario ejemplar para el más atroz de los crímenes, tus amables vecinos miembros de una secta satánica y una carretera secundaria de Estados Unidos el último refugio de una familia de hambrientos caníbales. Divertidamente, una temática tan atípica como el horror se había transformado, gracias a directores como Polanski, Hooper o el comentado Hitch, en una plataforma ideal para la crítica de los pilares que regían el reverenciado y caduco concepto del American Way of Life.

Recogiendo el testigo de estos maestros, y con similares propósitos pero aclimatados a los nuevos tiempos, el cineasta Jordan Peele parece haber encontrado en este género el vehículo perfecto para desglosar, ya sea de forma explícita o con metáforas sutilmente abrasivas, la hipocresía, aversión e histeria colectiva resultantes de la era Trump. Encasillar a NOSOTROS (dudosa traducción del mucho más revelador Us) en la categoría de las sobreexplotadas cintas basadas en los allanamientos de morada (o Home Invasion, como suele ser conocido por los fans de los anglicismos) supondría desechar las múltiples lecturas, sociales y políticas, que presenta esta extraordinaria historia fundamentada en el reverso tenebroso que habita en la sociedad contemporánea. Nuevamente, el Mal se presenta como un ente desmembrado, puramente humano, apaciguado en las sombras a la espera de ejecutar su golpe de gracia.

De este modo, el director amplía los argumentos de denuncia matizados en su anterior película, la multipremiada Déjame Salir, mejorando el discurso gracias a la solidez de los valores cinematográficos que la acompañan: al brillante trabajo interpretativo del reparto y la excelsa planificación escénica, compuesta por imágenes de enorme calado icónico (todas las que acontecen en la mansión del personaje de Elisabeth Moss, especialmente las protagonizadas por unas hermanas gemelas salidas del averno), se le une su arriesgada y meritoria composición de influencias audiovisuales y literarias (incluyendo destellos de la imaginería de Lewis Carroll y los mundos subterráneos de Alicia a través del espejo), funcionando magistralmente como antesala de la futura y esperadísima actualización, emprendida por el propio Peele, de la visionaria serie de televisión La dimensión desconocida.

ALITA: ÁNGEL DE COMBATE

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , , , , on febrero 11, 2019 by Gonzalo Contreras

ENTRETENIMIENTO DE CALIDAD

A Robert Rodriguez siempre se le ha considerado, en términos audiovisuales, el hermano menor de su gran amigo y cómplice de torturas Quentin Tarantino. Ambos comparten un entusiasmo irrefrenable por la violencia bañada con grandes dosis de hemoglobina y por implantar, en cada uno de sus trabajos, el aroma de la serie B y del celuloide matinée que tantas alegrías les proporcionaron en sus años de juventud. No obstante, mientras Tarantino es vitoreado por la crítica especializada, reverenciándose sus proyectos incluso antes de ser expuestos a los espectadores, el director de Abierto hasta el amanecer ha quedado relegado a un cine menor, mucho más plano y servicial con el público de masas y en donde apenas hay cabida para algo más que el mero entretenimiento esporádico, ya sea en sus producciones de los noventa (la descacharrante Desperado, la envejecidísima The faculty) o en sus inclasificables acercamientos al cine juvenil (Las aventuras de Sharkboy y Lavagirl).

De ahí que sorprenda lo bien que funciona su ultimo invento, ALITA: ÁNGEL DE COMBATE, un blockbuster bendecido, a nivel ejecutivo y de guion, por la mano maestra del todopoderoso James Cameron. Siguiendo la estela de epopeyas como Ghost in the Shell, con la que comparte no pocos puntos en común, y dejándose empapar por la ambientación decadente de Blade Runner y sucedáneos del cyberpunk, el film propone una aventura futurista bien escrita y mejor realizada, agradecidísima en sus pasajes más oscuros, propios de la mente calenturienta del realizador, y sólida en su naturaleza de relato inscrito en la categoría de “presentación de personajes”. La sombra de historietas similares de carácter apocalíptico para chavales es alargada, pero gracias a los asombrosos efectos visuales, marca de la casa Cameron, y a la ejecución de algunas secuencias (principalmente la del juego de Motorball, una variante de Rollerball brillantemente coreografiada), el largometraje adquiere un empaque de cierta personalidad y madurez, dejándose entrever ciertas notas de autor pocas veces visibles en las narraciones de Rodriguez.

Pero por encima de todo prevalece el carisma de su estrella principal. Como ya ocurriera con el personaje de la doctora Aki Ross en Final Fantasy: la fuerza interior, una de propuestas más fascinantes y, ridículamente, ignoradas del cine de animación coetáneo, el carácter decidido, intrépido y puro de Alita, alias Rosa Salazar y heroína de este manga, otorga una dimensión de mayor calado emocional a esta reinvidicable distopía cinematográfica. Quizá no memorable, pero sí lo suficientemente seductora y efectiva.

GREEN BOOK

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , , , , on enero 31, 2019 by Gonzalo Contreras

DOS EN LA CARRETERA

Mucho se está comparando a GREEN BOOK con la mítica cinta de Bruce Beresford Paseando a Miss Daisy: ambas están protagonizadas por individuos de distinta raza y rango social, iniciándose su relación, en los primeros minutos de metraje, con más roces que afectos; uno de ellos actúa como chófer del otro, abrazando con ello el subgénero de las road movies; las dos, desde un tratamiento puramente cálido y liviano, constituyen un contundente alegato antirracista y, sobre todo, un canto a la amistad perpetua.

Solo dos cosas las diferencian: por un lado, el cambio de roles de sus personajes principales, mucho más jugoso y sorprendente en la pieza que nos ocupa; por otro, la calidad del conjunto final. Mientras el film protagonizado por Jessica Tandy y Morgan Freeman, uno de los casos más injustos de Oscar a mejor película de los años ochenta (por ahí andaban El club de los poetas muertos y Nacido el 4 de julio), pecaba de dulzura y teatralidad, el aquí presente desborda una elegancia y una vitalidad a prueba de bombas, convirtiéndose en una de las propuestas más estimulantes de cara a premios venideros.

Primer trabajo en solitario de Peter Farrelly, faraón de la escatología y la irreverencia fílmica gracias a títulos como Dos tontos muy tontos o la divertidísima (al menos en los noventa) Algo pasa con Mary, Green Book no esconde en ninguno momentos la efectividad ni los mecanismos emocionales que interactúan en su libreto. Más bien todo lo contrario. Sí, es una feel good movie cuyas máximas aspiraciones se encuentran en arrancar por igual risas y lágrimas en el gran público, pero hacía muchos años que un largometraje de este embalaje no aunaba con tanta solidez comercialidad y artesanía narrativa. Porque si bien es cierto que no se puede negar su identidad como producto de masas, tampoco se pueden ignorar las extraordinarias virtudes cinematográficas que lo conforman, comandadas por la innegable química existente entre Viggo Mortensen y un apoteósico Mahershala Ali, imbatible en su lucha por el Oscar a mejor actor secundario.

Filmada con una magnífica fotografía que recoge las diferentes tonalidades de los estados americanos por los que discurre el relato, pletórica de inolvidables éxitos musicales de la época y de escenas de gran impacto visual (aquella en la que el personaje de Ali contempla a varios esclavos recogiendo algodón), la cinta abraza la nostalgia del clasicismo alejándose, con enorme acierto, de las corrientes afroamericanas actuales en la cinematografía yanqui, muy aplaudidas por ciertos sectores críticos pero con un discurso reivindicativo de dudosa moralidad. Echen un ojo a cualquier producción de Lee Daniels o Nate Parker y entenderán qué quiero decir.

LA CASA DE JACK

Posted in Críticas (Estrenos) with tags , , , , , , , on enero 23, 2019 by Gonzalo Contreras

RETRATO DE LARS VON TRIER

Irreverente, perverso, generador de pasiones desatadas entre no pocos cinéfilos (los entusiastas de Sitges, sin ir más lejos) como de repulsión entre críticos incapaces de entender las obsesiones más características y malsanas de su sello autoral (los refinados actuales de Cannes), el cine de Lars Von Trier (Rompiendo las olas, Dogville) pocas veces deja indiferente al gran público. Controvertido hasta en sus declaraciones en ruedas de prensa, llegando a afirmar su simpatía hacia cierto líder supremo del Tercer Reich, el cineasta ha vuelto a dar la campanada con LA CASA DE JACK, un proyecto, como no podía ser de otra manera, envuelto en la polémica por la escabrosidad de sus cruentas imágenes.

Mareos, desmayos, vómitos entre los asistentes, insultos dirigidos a la propia pantalla (¡!)… Una vez vista, y como bien aseguraban los más discordantes, la película tiene todos los ingredientes para ser considerada pornografía audiovisual entre los más puritanos. Eso sí, todos aquellos abiertos de mente que no tengan miedo de adentrarse en la demencial creatividad del realizador danés descubrirán suficientes valores como para considerarla una obra magna, atípica e inabarcable en su complejidad, tan insólita y narcisista que la convierten en una especie única en su mensaje conclusivo.

Matt Dillon, inmenso en su papel de psicópata misógino y sin escrúpulos, es, en realidad, el reflejo en el espejo de Lars von Trier. Y es que esta pieza, milimétricamente diseñada para sacar de quicio al espectador, es todo un monumento al egocentrismo del director. En otras palabras, un escupitajo en la cara a sus detractores, una clara muestra de superioridad hacia sus seguidores, una defensa a ultranza de sus obras anteriores y de la magnificencia que caracteriza a todas ellas. Si no entiendes su grandeza, o no comprendes las metáforas, los dilemas morales y los elementos catárticos que habitan en su filmografía, es, sencillamente, porque no tienes la capacidad intelectual para apreciar su arte.

Y de arte trata el asunto. Con suma incorrección política y con una ampliación de los argumentos que ya sobresalían en la menor (discúlpeme, Mr. Trier) Nymphomaniac, lleva al paroxismo sus propias inquietudes identificando el asesinato, el sufrimiento y la mutilación como expresión última de la creación artística. El resultado, un viaje a los infiernos difícilmente soportable para asistentes con problemas estomacales, supone la personalísima expiación de sus propios pecados cinematográficos. Horripilante, sí, pero implacable en su imponente majestuosidad.