EL LOBO DE WALL STREET

SODOMA Y GOMORRA

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Soberbia, corrosiva, abrumadora. E impresionante. Martin Scorsese, a sus 71 años, vuelve a dar la campanada en esta lúcida mirada al mundo de la Bolsa y, en particular, a los depredadores que manejan sin pudor el dinero de los contribuyentes. Vamos, los amos del mundo.
El director, en su enésima reinvención de sí mismo, parece un chiquillo con zapatos nuevos, demostrando en cada fotograma una juventud y pasión que ya quisieran muchas promesas e imprimiendo en la historia real de Jordan Belfort verdadero amor por el cine, inteligencia y un dominio de narrativo como sólo los maestros saben hacerlo.

lobo 6Éxtasis y desenfreno se dan la mano en esta exaltación sin complejos del sexo, el libertinaje, la codicia y el derroche. Un análisis en forma de comedia (posiblemente, la mejor de lo que llevamos de siglo) de estos verdaderos licántropos del poder y la ambición. Y bajo esa acertadísima batuta burlesca todo, absolutamente todo, está permitido, incluso reírse de un espectador atónito (e ignorante) ante lo que sus ojos visionan; desfiles de animadoras y orgías en plenas oficinas, conversaciones sobre contratación de enanos arrojados a una diana (impagable), referencias al rey de las espinacas y un interminable etcétera.

Un Sodoma y Gomorra al mando del cual está un DiCaprio más allá del elogio, una especie de gurú sectario propio de la América profunda cuya única religión se basa en la adoración al dinero. Dueño y señor de la manada, compone una interpretación para los anales del Cine. Histriónica, brutal, fascinante. Sin olvidar a sus pequeños cachorros, entre los que destaca un brillante (dental e interpretativamente) Jonah Hill como principal lacayo y un McConaughey capaz de devorar la pantalla con su fugaz aparición.

lobo 4Obra maestra. Una prodigiosa joya que en sus casi tres horas no invita, ni por un momento, al aburrimiento. Esperemos que antes de su despedida cinematográfica (posiblemente bajo el rostro de un artista que cantó una tal “My Way”)  Scorsese nos vuelva a regalar esta increíble sensación de dejarnos con la boca abierta, levantarnos nada más terminar la proyección y aplaudir. Hasta que nos duelan las palmas de las manos.

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