BIG BAD WOLVES

LOBOS CON PIEL DE CORDERO

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Los cuentos más terroríficos de la historia, en su mayoría, están protagonizados por niños. Seres inocentes, héroes de historias en donde su vulnerabilidad se pone a prueba en manos de indeseables villanos con turbios intereses. Algunos brujos, otros demonios, siendo los más aterradores aquellos pertenecientes al género humano, lobos con piel de cordero tan carismáticos como perversos.

En una sola secuencia introductoria, la estupenda BIG BAD WOLVES recoge la esencia de estos miedos infantiles a través de un popular juego de niños. Mientras esperan a sus padres, unos chiquillos se divierten jugando al escondite en una vieja casa abandonada, sin percatarse de que alguien los observa. Sólo la música (fantástica) nos alerta del peligro, así como unos travellings que esconden la sombra ignorada por los pequeños, preludio de una desgracia irremediable.

big2Un prólogo que será el germen de unión entre tres personajes de diferente índole: un profesor de escuela con, suponemos, antecendentes pedófilos; un rudo policía dispuesto a desenmascararle; y el padre de una de las niñas, víctima del salvaje psicópata. Juntos, en un claustrofóbico habitáculo perdido en tierras campestres israelíes, darán rienda suelta a sus instintos más primarios y salvajes, movidos por el odio, el rencor y la redención.

Con semejante argumento, a uno no le extraña la admiración procesada (y reconocida) por el endiosado Quentin Tarantino. Una idea de base recogida recientemente en la extraordinaria (y no del todo valorada) Prisioneros, dotada en este caso de un tratamiento mucho más fiero y de un humor malsano, negrísimo, próximo a los hermanos Coen. Y aunque coinciden en la descripción del monstruo que habita en todos nosotros, la frialdad de esta propuesta la aleja notablemente de la cinta de Villeneuve. Su inteligente y trabajado clímax, desasosegante, impide al espectador empatizar con ninguno de los personajes implicados: nadie está libre de culpa, incluso antes de llevar a cabo el pérfido plan. Todos son padres, egoístas, y no dudan en aplicar la ley a su antojo.

La venganza, a veces, se sirve en plato bien caliente. Las jóvenes promesas del cine israelí Aharon Keshales y Navot Papushado han filmado una pequeña joya del género. Perturbadora, rebosante de talento y poseedora de uno de los finales más siniestros que se recuerdan en los últimos años. Como en los mejores y más escalofriantes cuentos de horror.

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