LA ISLA MÍNIMA

CONSPIRACIÓN DE SILENCIO

LA ISLA MINIMA 2

A veces, por caprichos del destino, la mala suerte se ceba con algunas películas coincidentes en el tiempo y de temática o propósitos bien parecidos, siendo casi siempre una la vencedora moral de estos infortunios percibidos como ridículas batallas. Ya le pasó hace unos años a Pablo Berger y su Blancanieves, obra destinada a recuperar el cine silente perjudicada por la aparición, un año antes, de la francesa The artist. Incluso, de forma más precisa, todavía algunos malpensados se imaginan en la mente el disgusto de Amenábar al visionar el final de cierto film de M. Night Shyamalan poco antes de estrenar Los otros. En este caso le ha tocado el turno a Alberto Rodríguez y su isla mínima. Su oscura premisa, desarrollo y atmósfera corrompida como parte esencial de la trama nos recuerda a la magnífica y demasiado reciente serie de la HBO True detective. Pero hay queda todo.

LA ISLA MINIMAAlgunos pensarán que ese “todo” es mucho. Tendrán sus razones, pero ninguna de ellas atesora el suficiente peso como para dejar escapar esta monumental obra, un puzzle de piezas perfectamente encajadas con personalidad propia, retrato devastador de las llagas que todavía supuraban en España allá por comienzos de los ochenta. Rodríguez se sirve de una trama policial (magníficamente construida) para bucear en el fango de una sociedad enferma anclada en el pasado, corrupta y analfabeta, oprimida por caciques depravados (al más puro estilo John Huston en Chinatown) y refugio de auténticas hienas humanas. Unas gentes destinadas a vivir y morir de forma anónima, con hijos dispuestos a sacrificar su alma virginal a cambio de salir de esa tierra podrida, muerta, y que no dudan en instaurar una conspiración de silencio ante cualquier amenaza que pueda sacar a flote sus más sombríos secretos. Gutiérrez y Arévalo, sensacionales (el primero, en un sorprendente cambio de registro; el segundo, confirmando ser el mejor actor español de su generación), serán los encargados de desenterrar las miserias que pueblan el lugar. Y cuanto más se adentran en la verdad, mayor es el hedor a putrefacción. Sólo los planos cenitales aéreos, a modo de transiciones, nos hacen ver la complejidad del caso; un terreno laberíntico plagado de trampas, infestado de moscas e invadido por un asfixiante bochorno.

Una película extraordinaria. Rodríguez ha encontrado, en las mismísimas marismas del Guadalquivir, nuestra particular América profunda. La España más negra, sucia e inhóspita, testigo de una época que respira, salvando las distancias, ese aire desolador y malsano característico de obras como La caza o Furtivos. Hasta comparten la cacería como núcleo común: en la de Saura, como divertimento; en la de Borau, como forma de subsistencia; y aquí, como forma de restaurar el orden cívico. Pero todas esconden odio. Y rencor. Producto de unas heridas, todavía hoy, difíciles de cerrar.

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