MAGIA A LA LUZ DE LA LUNA

LUZ DE LUNA

magia luz luna

“El mundo puede tener o no un propósito, pero no está totalmente falto de algún tipo de magia”. Así lo cree, al menos, Woody Allen en su última película. El excepcional director neoyorkino, en su film más romántico en lustros, invita a todos los espectadores a creer en el resplandor que ilumina el atractivo de las personas, esa fuerza indescriptible que mueve el mundo lejos del raciocinio y verdades absolutas. Y según cómo nos lo cuenta, con su maestría y sencillez habitual, podemos darnos por satisfechos.

magia luz lunaLa primera genialidad del maestro se presenta en su protagonista principal, un tan encantador como arrogante Colin Firth, mago de profesión y, paradójicamente, hombre racional por convicción. Conocedor de todos los trucos imaginables, viajará hasta el sur de la campiña francesa con el fin de desenmascarar a una supuesta vidente (estupenda Emma Stone) que tiene en jaque a una familia de noble cuna. Con lo que no cuenta el flamante ilusionista es con la hechizante frescura de la joven, capaz de desestabilizar sus pensamientos más arraigados y de descubrirle un encantamiento, hasta entonces, desconocido: el amor en toda su esencia, el de los polos opuestos y mariposas en el estómago; el que escapa, a fin de cuentas, de toda lógica aparente.

Posiblemente el público más experimentado deduzca algunos de los trucos que el señor Allen esconde bajo la manga, y algunos se desilusionen ante el estilo liviano y sumamente agradable de un director demasiado acostumbrado a engendrar films de referencia. Les sugiero que se dejen de pretensiones que inviten a la decepción. Por suerte, MAGIA A LA LUZ DE LA LUNA sí entra en su catálogo de buenas (y, a ratos, cautivadoras) comedias, de esas que, con el tiempo, son recordadas con una sonrisa plácida en los labios, cumpliendo admirablemente con todos los requisitos exigibles: buen guión, magnífico plantel de actores, maravillosos diálogos marca de la casa (“Por alguna inexplicable razón que desafía el sentido común he experimentado pequeños pero discernibles sentimientos en relación a tu sonrisa…”) y un precioso y vitalista mensaje acerca de encontrar ese punto mágico que hace que la vida merezca la pena. Con estos ingredientes, ¿quién necesita una obra maestra?

 

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