EXODUS: DIOSES Y REYES

DELIRIOS DE GRANDEZA

exodus 2

El último delirio de grandeza de Ridley Scott, tras la lamentable El consejero, apuesta fuerte por la recuperación del género que le encumbrara al Olimpo, años atrás, con cintas como Gladiator: el peplum en toda su esencia, el más violento, el más megalómano, tomando como referencia el relato de Moisés desde una perspectiva mucho más realista que cualquier otra adaptación realizada hasta la fecha, principal novedad de esta tan fallida como, finalmente, aceptable película, más por sus intenciones que por los resultados. El director de las monumentales Alien y Blade Runner sustituye las bolas de fuego por flechas en llamas; convierte la procedencia divina de los ríos de sangre en sanguinarias orgías acuáticas de cocodrilos, las plagas bíblicas en producto de las pestes fecales y la separación de las aguas, punto álgido de esta historia, en una insulsa marea baja con un, eso sí, espectacular tsunami posterior. Con sus pros y sus contras, no deja de ser una sabrosísima idea. Y más aún presentarnos a un atípico Moisés, al igual que el Noé de Aronofsky, torturado por las exigencias de un Creador vengativo, representado en la fantasmal inocencia de un pequeño crío (soberbia contradicción). Un salvador, y he aquí la genialidad de tan insólita propuesta, que desprecia a su propio pueblo, sintiéndose más identificado con el sufrimiento del que le acogió y dio de comer.

exodus Lástima que en esa búsqueda de la razón frente a la fábula el film encuentre su gran talón de Aquiles. La razón es simple: resulta imposible trasladar al terreno de lo racional una narración cuyo máximo atractivo habita en los aspectos más mágicos y metafóricos. Se deja por el camino, además, la fascinante relación de amor-odio, cual tragedia griega, de los dos hermanos príncipes de Egipto, aquí maquillada con toques de su citado Gladiator, y rehúye del debate los capítulos que más le incomodan, sin explicación coherente posible, tales como la muerte de los primogénitos o el Becerro de Oro. Y atendiendo a aspectos puramente cinematográficos, tampoco ayuda la elección de algunos intérpretes (nefasto Joel Edgerton como Ramsés, desconcertante participación de Sigourney Weaver) ni un montaje lastrado por sangrantes cortes de tijera, triste tónica habitual del último cine de Scott. Una vez más, tendremos que esperar a la versión extendida.

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