FAST & FURIOUS 7 (A todo gas 7)

PLACERES CULPABLES

furious 7

¿Cinta de acción deudora del cine más palomitero de la década de los ochenta? ¿La comedia más febril y desenfrenada del año? ¿O quizá la maliciosa respuesta encubierta al humanista cine de superhéroes de los tiempos que corren? Posiblemente todos estos interrogantes sean contestados con la misma respuesta: sí, sí y sí.

Después de proclamarse, por derecho propio, artífice de la renovación que tanto demandábamos los devoradores del género de terror gracias a las magistrales Insidious y The Conjuring, James Wan vuelve a dar la campanada con su incorporación a la saga más camorrista, playera y deliberadamente canalla (¡y a mucha honra!) del panorama actual. Tunea el film, séptimo de la franquicia, a su imagen y semejanza, convirtiéndolo en todo lo que prometía ser y más: un “señor” blockbuster, un Grand Thef Auto a escala mundial cargado de adrenalina y acrobáticas escenas, tan inverosímiles como desternillantes. ¿Sus armas? Una absoluta falta de complejos, desinhibición y mucha, mucha desvergüenza (en el sentido más divertido de la palabra).

furious 7La pregunta siguiente vendría a ser qué es lo que la diferencia de productos similares: precisamente, los tres ases que tiene bajo la manga el director. Wan sabe lo que quiere contar y cómo lo quiere narrar: como un niño con juguetes recién estrenados, articula un universo invadido por héroes nacionales y villanos de pura cepa en donde todo está (y debe estar) permitido. ¿Los límites? Inabarcables; ¿las vidas? Ilimitadas. Sin reglas gravitatorias ni teorías físicas, como las mejores batallas de nuestra niñez.

Por tanto, que nadie se lleve a errores; FURIOUS 7 es un divertimento declaradamente varonil, respetuoso con la máxima ecuación (esteroides a raudales más féminas voluptuosas multiplicado por toneladas de éxtasis y acción) tan excesivo en su conjunto y duración (137 minutos que pasan volando) que huele a homenaje a la serie, al subgénero en general y, especialmente, a Paul Walker, con un acto final diseñado como sentida despedida al malogrado actor; un espectáculo de total evasión, no apto para tiquismiquis ni enclenques. Es, a fin de cuentas, el último exponente de placer culpable cinematográfico.

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