FELICES 140

REENCUENTRO

felices 140

Una preciosa villa próxima al mar, los mejores manjares para el paladar y una selección de los vinos más señoriales. Con estos ingredientes, desde luego apetecibles, y aprovechando su recién inaugurada cuarentena, Elia (Maribel Verdú) tiene pensado disfrutar un fin de semana con sus amigos más allegados. Una cálida música durante los créditos iniciales nos hace percibir que serán unos días inolvidables de reencuentros, anécdotas y confidencias; un tiempo, si todo sale según lo planeado, para recuperar incluso amores de antaño, de esos que marcaron toda una vida.

felices 140FELICES 140 rescata, en estos primeros minutos, la nostalgia y la devastadora sensación del paso de los años que desprendían obras como la extraordinaria Reencuentro de Lawrence Kasdan, y todavía más cuando la infelicidad del grupo empieza a manifestarse, dejando al raso el “gran escalofrío” (título original del film de Kasdan) que recorre los cuerpos de cada uno de los personajes ante las deudas, desencantos y frustraciones resultado de decisiones equivocadas. Pero su directora, Gracia Querejeta, prefiere dar un paso más allá. No se conforma con pintar al óleo el típico mural sobre segundas oportunidades y causas perdidas; reserva, para el segundo tercio, el verdadero sentido de su maquiavélica (y excitante) propuesta, tejiendo un cambio de rumbo mucho más original y atrayente. La evocación que marcaba los pasos del film y la compasión despertada por los participantes de esta historia desaparecen; en su lugar, la codicia, el egoísmo y la envidia se convierten en los nuevos protagonistas. Un factor sorpresa tan abrupto como arriesgado, brillantemente rematado y adosado al primer tramo de película.

La realizadora de la excelente El último viaje de Robert Rylands vuelve a sacar el máximo jugo a su elenco interpretativo, demostrando, una vez más, ser una de las cineastas que mejor comprende y dirige a sus actores. Con grandes dosis de cinismo y humor negro, marca de la casa, ha compuesto una cinta elogiable, cruda y crispante; una ácida reflexión sobre la mezquindad presente en el terreno más insospechado, de esas que se saborean aún más con el paso de los días.

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