EL PUENTE DE LOS ESPÍAS

EL RETORNO DEL REY MIDAS

puente espias 3

Hubo una época en la que Steven Spielberg era considerado, por muchas razones, el cineasta por antonomasia del panorama cinematográfico. Si un proyecto estaba acompañado de su firma, aunque fuera en calidad de productor, los cines se llenaban hasta la última butaca. Los años setenta fueron su presentación (El diablo sobre ruedas) y, antes de terminar la década, su total consagración (Tiburón, Encuentros en la tercera fase); los ochenta, la cúspide de su filmografía (E.T, Indiana Jones); y los noventa, el reconocimiento, bastante tardío, de la crítica más severa (La lista de Schindler, Salvar al soldado Ryan). No obstante, fue finalizar su díptico sobre la 2º Guerra Mundial y dejar a un lado la maestría que impregnaba la mayoría de sus obras. Comedias ligerísimas (Atrápame si puedes), dramas históricos interminables (Amistad) y, lo más sangrante, aventuras asépticas y descafeinadas (La guerra de los mundos, El reino de la calavera de cristal) empezaron a engrosar su nueva etapa, más sobria y comprometida, pero carente de la magia visceral de antaño.

El puente de los espíasPor ello, resulta reconfortante comprobar cómo, con EL PUENTE DE LOS ESPÍAS, Spielberg vuelve a sus raíces más profundas. La historia real del abogado y padre de familia James Donovan, una especie de Atticus Finch defensor de las causas perdidas, elegido por la CIA para negociar la liberación de un prisionero estadounidense en plena Guerra Fría, le sirve para tejer un apasionante relato deudor del mejor celuloide propagandístico hollywoodiense, regalándonos un ejercicio de puro cine clásico; el pausado, el que va cogiendo fuerza hasta liberar la emoción en los momentos clave, esos que diferencian la excelencia de la eficiencia. Qué planos, qué realización, qué dominio de la narrativa tan formidable.

En la primera hora, Spielberg, auténtico creador de atmósferas, nos sumerge en la locura anticomunista experimentada por EEUU en los años cincuenta y culminada con la famosa caza de brujas de McCarthy. El terror a lo desconocido se masca en un país refugiado en su bandera estrellada. Como ejemplo, la prodigiosa escena en la que el juez entra en la sala penal para, acto siguiente, encontrarnos en un aula escolar con los alumnos jurando el estandarte, mamando desde pequeños los ideales patrióticos. A partir del ecuador, el miedo adquiere forma. Las tornas cambian y contemplamos otro paisaje: el de la heladora Alemania Oriental, el del caos, el escenario del auténtico sinsentido. Tom Hanks y Mark Rylance, guía “turístico” y prisionero de este viaje respectivamente, se comen a bocados cada plano de la película, ofreciendo un antológico tour de force como hacía mucho tiempo que no se recordaba.

Cine de antaño trasladado a tiempos modernos, de ese que ha quedado arrinconado entre tanta magnificencia y producción frenética, El puente de los espías recoge la esencia del mejor Spielberg. Una obra extraordinaria, épica, humanista, con una media hora final inolvidable, un deleite para todos aquellos que añorábamos la época dorada del Rey Midas de Hollywood. Por suerte, ha regresado. Y por la puerta grande.

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