MACBETH

REVISIONANDO A SHAKESPEARE

macbeth

Hay que reconocer el riesgo que conlleva, a estas alturas de la cinematografía, realizar una versión del inmortal Macbeth de William Shakespeare con unas aspiraciones dignas de permanecer en el recuerdo del gran público. A la cantidad de películas adaptadas libremente del relato, en verdad incalculables, hay que añadir aquellas selladas por algunos de los más grandes artesanos del cine. Desde Welles y su expresionista composición, pasando por la hipnótica y feudal de Kurosawa o la violenta visión de Polanski, estallido cinematográfico del dolor ocasionado por el asesinato de su mujer Sharon Tate, todas ellas destacan por resumir, a su manera pero de forma impecable, los intereses y propósitos de la obra del dramaturgo inglés.

Amacbeth 2 esta honrosa lista se suma la propuesta que nos ocupa. MACBETH se estrena con honores en el nuevo siglo (en el 2006 hubo un producción australiana de ínfima calidad) de la mano de Justin Kurzel, un director casi debutante pero con ideas sumamente atractivas. Sin perder las notas teatrales, perfectamente ensambladas al modelo cinematográfico, así como la fidelidad al texto original, se deja la piel ensalzando los dos pilares que engrandecen esta nueva revisión: la ambientación y las interpretaciones.

Ideada, quizá, como la resurrección definitiva de la inmortal tragedia, con unas pretensiones que recuerdan a las abarcadas por Coppola en su excelsa Drácula, Kurzel se luce en las escenas panorámicas. Con un fascinante estilo visual y cromático, acorde con las tendencias actuales en las que la sangre salpica el mismísimo patio de butacas, el cineasta otorga a las campiñas escocesas toda la naturaleza fantasmagórica y lúgubre que respiran las páginas de Shakespeare, inundándolas de frondosas brumas, cielos enrojecidos y seres espectrales, con especial mención a las Hermanas Fatídicas aquí representadas como jóvenes pulcras, casi virginales, nada que ver con el rostro decrépito de otras adaptaciones. Y en cuanto a los terrenales, Fassbender y Cotillard están deslumbrantes. Poseedores de una química aplastante, evidente en la escena de sexo en la que planean la ejecución del monarca, proyectan en cada plano el espíritu mefistofélico de dolor, ambición y destrucción que entrañan sus personajes. El Mal en estado puro. Como diría el poeta John Milton, “más vale reinar en el infierno, que servir en el cielo”.

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