LA CHICA DANESA (The danish girl)

LA MUJER DEL CUADRO

Chica danesa

El gusto por lo académico es un sello personal e identificable en el director Tom Hooper. Siempre a la búsqueda del plano perfecto, al menos según lo proyecta en mente, y de una narración que no se aleje ni un milímetro de los cánones clásicos de valor e integridad humana, tan aplaudidos por el público mayoritario, su cine juega en un terreno tan seguro que no es de extrañar su presencia en reconocidas y celebradas ceremonias de premios. Le funcionó con El discurso del Rey; también, aunque en menor medida, con la adaptación musical de Los miserables. Como no hay dos sin tres, y ya sin caretas que oculten su fervor por un reconocimiento crítico en forma de estatuilla, vuelve a la carga con el primer caso de transexualidad de la historia.

La chica danesaLA CHICA DANESA encaja como un guante en el estilo refinado del cineasta británico: una historia de lucha y superación, más poderosa que la vida misma, dibujada en un cuadro de época que el director no duda en plasmar con nítido detalle, abusando de su ya reconocible gran angular y del espacio negativo. Cada escena está hecha para fascinar, para crear una conmoción continua en el espectador. Tanto, que el empacho de imágenes evocadoras puede resultar ultracalórico. El clasicismo bien entendido se confunde con el preciosismo más cargante, propio del James Ivory menos inspirado. La imagen devora el relato, ya de por sí perjudicado por una banda sonora que parece indicarnos en todo momento cuando hay que sacar el pañuelo y cuando celebrar el triunfo de la voluntad. Y lo que tendría que emocionar, al final, sólo crea tedio y apatía.

Pero si hay algo que genera estupor es la, insólitamente, alabada creación de Eddie Redmayne. A Hooper, cuidador máximo de los matices que definen a sus personajes, se le escapa la composición estereotipada del joven actor. En un alarde de histrionismo en seco, Redmayne confunde feminidad con cursilería, obsequiándonos con un irritante desfile de tics faciales, posturas imposibles y sonrisas falsamente espontáneas (incluso después de pasar por quirófano) a las que sólo pone freno la aparición en pantalla de una, ésta sí, magnífica Alicia Vikander. De haber incidido en su personaje, o simplemente profundizar en la auténtica entraña del caso en cuestión, podríamos estar hablando de una película destacable, pero eso hubiera supuesto redefinir unas bases académicas que, de momento, el director no parece querer alterar.

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