LOS ODIOSOS OCHO

EL JUEGO DE LA SOSPECHA

OCHO ODIOSOS

Me encantaría saber qué derroteros hubiera adoptado el cine de Quentin Tarantino de haber triunfado su obra menos celebrada, tarantiana y, paradójicamente, madura y atrevida: la estupenda Jackie Brown. Lo que podría haber sido un punto de inflexión en su carrera, así como una reformulación de los intereses y pilares de su cine, acabó en agua de borrajas como consecuencia del desconcierto que produjo en un público que no estaba preparado para un cambio tan drástico en su filmografía. Suposiciones aparte, el fracaso coincidió con una vuelta a la desmesura, a la grandilocuencia y, con ello, y como suele ocurrir, a una definición como cineasta que trajo consigo una división extrema de opiniones entre los que le consideran todo un mesías cinematográfico (incluso antes de catar una nueva obra) y aquellos que sólo ven arrogancia y necedades. Algo parecido a lo que pasa, en los tiempos que corren, con realizadores del tipo Christopher Nolan: o los amas hasta el orgasmo o los detestas sin reservas.

Ocho odiososNi una cosa ni la otra. Porque, aunque no sea la tónica habitual, también existen aquellos que vemos en su cine momentos de gran genialidad pero también equívocos propios de un megalómano, como ocurre en LOS ODIOSOS OCHO. Su último trabajo, qué duda cabe, es un producto digno, sobre todo cuando juega al gato y al ratón, en una segunda parte que (por planificación escénica) bien podría encontrarse entre lo mejor que ha rodado en su vida, pero también contiene algunos de sus defectos más notorios: una verborrea incansable, tomando como excusa el choque de bandos durante la Guerra de Secesión; una duración totalmente desmesurada en relación a la historia contada, y unos personajes con una esencia tan tarantiana que podrían intercambiarse perfectamente con otros de sus últimas cintas sin que ésta cambiara ni un ápice. Sí, aunque duela reconocerlo, el señor Tarantino también repite (y mucho) la fórmula millonaria. Aún así, el modelo que toma de referencia es tan bueno (Agatha Christie es mucha Agatha Christie) y el marco histórico/escénico tan provechoso que sería injusto despreciar los momentos de lucidez presentes. Escuchar el escalofriante monólogo de Samuel L. Jackson (haciendo de Samuel L. Jackson) mientras un famoso y melancólico villancico inunda el caserón es una buena muestra de la brillantez que puede llegar a alcanzar el director estadounidense.

Lo que está claro es que, al final, Los odiosos ocho es Tarantino al cuadrado. Y como tal, los fans aplaudirán todo detalle, toda salpicadura sanguinolenta; los menos entusiastas, que no detractores, veremos una estimulante e irregular cinta dirigida por un auténtico enamorado del cine.

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