SPOTLIGHT

PERIODISTAS DE RAZA

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Pocas películas reflejan la tensión y el trabajo incansable que se respira en la redacción de un periódico como Todos los hombres del presidente. Minuciosa radiografía de la investigación que destapó el caso Watergate, su fascinante recreación se apoyaba en un respeto casi escrupuloso a la figura del informador, así como en la verosimilitud que presentaba un brillantísimo guión firmado por el gran William Goldman. La película, lógicamente, creo escuela, tanta que pronto se convirtió en toda una referencia cinéfila para maestros del sector.

spotlightPosiblemente, ninguna cinta posterior ha capturado la pasión, perseverancia y el buen hacer del periodismo como lo ha conseguido la reciente SPOTLIGHT. Centrándose en los escándalos de pederastia cometidos por curas en el estado de Massachusetts y destapados por el Boston Globe, un periódico local inexperto en un caso de semejantes proporciones, el director Thomas McCarthy describe el intenso trabajo perpetrado durante meses por el equipo de investigación del diario, sujeto a las sombras pero poseedor de una inconmensurable vocación. La maestría de este extraordinario film se muestra en el momento en que focaliza la atención en el asunto en cuestión, sin trampas emocionales ni cuestiones sentimentales que entorpezcan la trama, recuperando el bolígrafo y el cuaderno de notas como objetos imprescindibles del periodista de raza.

Sin caer jamás en el morbo ni en gratuitos flashbacks, Spotlight indaga en el proceso y en los obstáculos que encontraron en la ciudadanía como consecuencia de la devoción procesada a través de los testimonios de los implicados. A pesar de no hacernos testigos directos de los hechos, sí consigue contagiarnos el ambiente de putrefacción que invadía el condado por medio de los espeluznantes datos, percibiendo en nuestras carnes el poder de estos malnacidos y su facilidad para aprovecharse de familias desestructuradas, de la ignorancia de las mismas y de unos chavales con un sentimiento de culpa tan grande que garantizaba el silencio más sepulcral. Un robo, como bien dice uno de las víctimas, que iba más allá de lo físico y trascendía lo espiritual. Y si en el largometraje de Alan J. Pakula la Casa Blanca aparecía sutilmente en escena como un ente más, en letargo, siempre vigilante ante los pasos dados por los intrépidos Bob Woodward y Carl Bernstein, aquí es la propia institución eclesiástica la que hace acto de presencia como mano que mece la cuna. Un recurso tan eficaz como asombrosamente inquietante.

Interpretada de forma sobresaliente por todo el reparto, el film se confirma como un revelador testimonio del compromiso y la libertad de prensa, frío sin dejar de ser emocionante, dueño del don que hizo grande a la joya del periodismo por excelencia: transmite, por encima de todo, un amor incondicional hacia la profesión. Y, por supuesto, auténtica veracidad.

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