JULIETA

EL SILENCIO DE LAS PALABRAS

Julieta

Habrá a quien le resulte frívolo escuchar que JULIETA es el mejor film de Pedro Almodóvar. Después de más de treinta años haciendo cine de forma incansable, resulta que no es hasta su vigésima cinta cuando, por fin, consigue llegar al cenit de su carrera. Exagerado y un tanto aventurado, ¿verdad? O quizá no tanto… De hecho, las razones y argumentos que defienden esta afirmación poseen una notable solidez. Hacía mucho tiempo, posiblemente desde la exitosa Volver, que el manchego no escarbaba de forma tan personal, brillante y afilada en el melodrama más desgarrador y exacerbado, propio de los cincuenta, abriéndose a toda clase de público sin por ello renunciar a sus consabidas obsesiones temáticas. Su esencia está presente, firme como una roca; su devoción por los clásicos, más visible que nunca.

Julieta Para descifrar el misterio que encierra su último film, primero deberíamos acercarnos a su título fundacional, modificado por la cercanía en el tiempo con el proyecto homónimo de Martin Scorsese: Silencio. En Julieta, el silencio se mueve como un espectro por la gran pantalla. Y cuando este aprisiona a los personajes, sus miradas, sus gritos enmudecidos, se escuchan más que cualquier sonido atronador, trasformándose en el alma misma de la película. Así mismo, y como ocurría en el cine de su idolatrado Douglas Sirk, concretamente en la imponente Imitación a la vida (con la que bien podría compartir cierto psicoanálisis materno-filial), el sentimiento de culpa se convierte en el eje de unión de cada uno de los protagonistas. Ninguno está exento de pecado, todos guardan bajo llave secretos que, poco a poco, les hunden hasta germinar falsos estados de odio, de decepción, de rechazo. Sólo los pensamientos desvelados en forma de cartas (brillante y recurrente hilo narrativo, muy propio de Mankiewicz) parecen expiar los fantasmas del pasado. Eso sí, la redención no es impuesta por los lazos de sangre, sino que viene alcanzada a través del sufrimiento. En el dolor de sus criaturas, el cineasta es capaz de allanar el sendero que les guíe hacia una nueva vida libre de interrogantes y, quizá, a la ansiada felicidad.

Almodóvar, y esta tesis no la pueden poner en duda ni sus más fieles detractores, sigue dirigiendo con la misma fascinación que mostraba en sus primeros largometrajes. Fotograma a fotograma, cuida hasta el extremo todos los detalles, desde el concepto del tiempo y la importancia de los escenarios (impagables las tomas marítimas) hasta el trabajo de sus intérpretes, pilotados por unas portentosas Emma Suárez y Adriana Ugarte. Su magistral Julieta, viaje por los lugares comunes de nuestra memoria tan catártico y triste como profundamente liberador, destila verdadera pasión por el celuloide, llegando a cotas tan altas que incluso empiezo a creer firmemente a todos aquellos que la encumbran como la obra más redonda del director.

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