LOS MILAGROS DEL CIELO

LÁGRIMAS SIN COMPASIÓN

los milagros del cielo

Qué difícil resulta realizar una película que recoja los valores cristianos sin caer en el almíbar más indigesto. Qué lejos quedan los años en los que Capra, con mucha imaginación y no menos talento, convertía productos bienintencionados (y de premisa dudosa) en bellísimos relatos sobre el amor y la familia. Incluso Spielberg, acercándonos un poco más en el tiempo, nos brindó, tanto en calidad de productor como realizador, algunas maravillas con trasfondo místico rebosantes de querubines y fenómenos inexplicables. Pero esto eran otros tiempos. Ahora, por lo visto, lo importante es arañar de forma incisiva el corazón del espectador y convencerle, a base de sangre, sudor y lágrimas, de la veracidad del testimonio presentado sin la posibilidad de que saque unas conclusiones más amplias y enriquecedoras.

Los milagros del cieloSe nota que los creadores de LOS MILAGROS DEL CIELO son los mismos que ejecutaron la hiperglucémica El cielo es real. Como en aquélla, la descripción del entorno que rodea a sus protagonistas, una familia de fuertes creencias religiosas cuyo miembro más joven se verá afectado por una enfermedad incurable, está dibujada con una idealización tan blanda y moralista que el sonrojo y la artificialidad no tardan en aparecer. Las campanas resuenan vivamente en domingo. El párroco deleita a sus seguidores con un monólogo propio de El club de la comedia evangelizadora, mientras un grupo de rock pone color musical a la velada. Tras el show, los fieles, pulcros y serviciales, degustan una rica parrillada tejana procesando un constante amor hacia el prójimo. Así son los primeros minutos, toda una declaración de intenciones del recital kitsch que está por venir.

El problema del film no es, ni mucho menos, el halo religioso de su propuesta, a todas luces respetable, sino su machacón y reiterativo mensaje de fe próximo al panfleto propagandístico. La música nos marca en qué momentos el espectador debe hacer uso del pañuelo; Eugenio Derbez, autor de la espeluznante No se aceptan devoluciones, vuelve a ofrecer una actuación histriónica y melosa al más puro estilo Robin Williams en Patch Adams; y cuando crees que has presenciado las artimañas sensibleras más escandalosas, la película se reserva una escena (aquella en la que la pequeña debate la existencia de Dios con otra enferma terminal) tan maniquea, burda y tramposa que el sentimiento de indignación alcanza cotas verdaderamente execrables. Incluso del feligrés más devoto.

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