LA BRUJA (The Witch)

LA BELLEZA DEL HORROR

la bruja

Hubo una época, demasiado lejana en el tiempo, en el que la prioridad del cine de terror era provocar el escalofrío más ensordecedor desde la sutileza y la insinuación. Jacques Tourneur, uno de sus mayores y primarios artesanos, lo demostró en cada una de aportaciones: ya fuera por la falta de recursos o la escasa financiación, tanto La mujer pantera como Yo anduve con un zombie, clásicos indiscutibles del género, se movían por los recovecos de la ambivalencia, siendo la imaginación del espectador la que diera forma a los monstruos que insinuaban las sombras etéreas y el simbolismo impresos en sus obras. Años después, Roman Polanski, adaptándose a las exigencias fílmicas de finales de los sesenta, demostró nuevamente cómo las intenciones del francés no sólo eran válidas, sino inmejorables. Su mítica La semilla del diablo llevó hasta extremos alucinógenos el fin último de Tourneur, negándose a materializar el objeto del pánico (jamás visualizamos al niño en cuestión) y fomentando los pilares del terror psicológico actual, a través de un relato que abrazaba, de forma abstracta, dos posibles hipótesis: todo lo que vemos y oímos podría ser fruto tanto de la psicosis paranoica como de la existencia del mismísimo Mal. “El más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”, diría Lovecraft.

la bruja 2Resulta extraordinario que, en los tiempos que corren, dominados por un terror explícito y entregado a los efectos visuales, un director (para más inri, novel) retome las formulaciones estamentales que pusieron en práctica los sabios fundadores. En el debut más refrescante de la última década, totalmente libre de los consabidos fallos de principiante, Robert Eggers propone en LA BRUJA una excitante vuelta a las raíces del género, a las pesadillas proyectadas por la vieja escuela, por medio de una historia sobre brujería y posesiones en donde el extremismo religioso causa tanto pavor como el reverso diabólico que se esconde en las profundidades del bosque. Ni un plano sobra en esta poderosa y bellísima película, la mejor de lo que llevamos de temporada, poseedora de una fascinante e hipnótica atmósfera de cuento de hadas y de secuencias condenadas a la antología del terror moderno (la posesión del pequeño vástago, el cuervo amamantado), tan atípica que, en su ruptura con los estandartes actuales, seguramente encuentre el rechazo del público mayoritario acusada equivocadamente de no pertenecer al género cuando, en realidad, representa su plasmación más auténtica y primitiva.

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