THE CONJURING 2 (Expediente Warren: El caso Enfield)

LA GRAN MASCLETÁ

Warren

A lo largo de la historia del cine de terror, son muchos los realizadores que han querido dejar huella en la imaginería del colectivo popular, pero pocos, muy pocos, los que han logrado asentar los cimientos del género en cada una de sus etapas. De hecho, podríamos contarlos con los dedos de una mano: Terence Fisher, máximo artífice de la mítica productora Hammer, dominó los cincuenta con su inolvidable parada de los monstruos, resucitando las criaturas de la noche con abundantes dosis de hemoglobina color rojo pasión; Roman Polanski, con sus fantasías y perversiones sobrenaturales, entre lo paranoico y mefistofélico, bordó los felices años sesenta; y una década después, John Carpenter, posiblemente el mejor exponente cinematográfico de la mente enfermiza de Lovecraft, aterrorizó a la generación del llamado baby boom norteamericano sirviéndose brillantemente de los engranajes de la serie B (compartiendo cartel con el sobrevalorado Wes Craven, todo sea dicho).

Warren 2Digno heredero de los más grandes, THE CONJURING 2, aquí EXPENDIENTE WARREN: EL CASO ENFIELD, confirma a James Wan como el artesano más enérgico e icónico del cine de horror del nuevo milenio. Cultivado en la vieja escuela, ha sabido desarrollar un perturbador y excéntrico universo en donde espectros de aspecto circense, demonios en el límite de lo paródico y blasfemo y héroes con habilidades paranormales transitan en un tren de la bruja capaz de representar nuestras pesadillas más profundas. La película que nos ocupa, su obra más personal y comercial hasta la fecha, supone la gran mascletá del director, un canto a la desmesura realizado con su habitual maestría, tan exacerbada, terrorífica y épica que suena a despedida de la franquicia. Eso sí, de ser así, una despedida por la puerta grande. Con una alucinada primera hora, poseedora de escenas que pasarán por derecho propio a la antología sobrenatural (el magistral prólogo en Amityville, el coche de bomberos emergiendo de la tienda de campaña), pequeños errores visuales razonables (The Crocked Man, magnífica idea fallidamente plasmada en pantalla) y una espeluznante banda sonora, villancico distorsionado incluido, vuelve a contagiar una pasión infinita hacia el género que le vio crecer y consagrarse como cineasta. Los aficionados, nuevamente, podemos darnos por satisfechos. Y como guinda del pastel, nos muestra una excitante faceta oculta: resulta que, entre tanta casa embrujada, muñecas infernales y espíritus burlones, el señor Wan es un romántico empedernido.

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