MI AMIGO EL GIGANTE (The BFG)

Y SPIELBERG OLVIDÓ LA MAGIA

Amigo gigante 2

La mayor sorpresa cinematográfica del año pasado vino de la mano del, en otros tiempos, auténtico rey de la taquilla Steven Spielberg. Con El puente de los espías, su obra más celebrada en lustros, recuperaba el aroma del mejor cine clásico y el pulso narrativo de sus grandes realizaciones, constituyendo un soplo de aire fresco a una carrera que, en la última década, presentaba más patinazos que aciertos. Quedaba por ver si su nuevo proyecto, un retorno a los mundos peterpanescos que sólo su brillante mente sabe reproducir, plasmaba con la misma elegancia la magia visceral de sus obras más familiares y recordadas.

AMIGOEn apariencia, MI AMIGO EL GIGANTE posee todos los ingredientes para convertirse en un nuevo pelotazo, crítico y comercial, del oscarizado realizador: héroes de aspecto dudoso pero de gran corazón, odiosos y temibles villanos, fulgurantes reinos encantados y la defensa de la amistad y los sueños como bienes más preciados. Contra todo pronóstico, y a pesar de su portentosa calidad técnica, Spielberg se enreda con una historia delirante aun dentro de las lógicas licencias fabulescas. Incapaz de transmitir emoción alguna, teje una primera hora soporífera en su calma deliberada y un segundo tramo, cortante con lo anteriormente visto, que es puro delirio psicotrópico. Ni huella de su esencia e inconfundible ingenio, hasta el punto de que sólo en contadísimos momentos sientes que el artífice de joyas como E.T o Jurassic Park esté manejando los hilos del proyecto.

No obstante, sería injusto reprocharle cada uno de sus fallos. Si hay un problema de fondo, ese reside en el material de origen. Se dice que la novela, escrita por Roald Dahl, cabeza pensante de algunos de los más bellos y oscuros cuentos adolescentes, es la preferida del Rey Midas y, a tenor de las circunstancias, la creación más personal del autor (lo concibió en homenaje a su hija, fallecida con siete años de encefalitis por sarampión). Tal vez para apreciarlo haya que leerlo en edades tempranas, pero ya de adulto el relato, de público indefinible, resulta tedioso, infantiloide en demasiados pasajes e intrincado en su moraleja, carente del encanto atemporal que sí tenían obras como Matilda o la fantástica Charlie y la fábrica de chocolate. Con este panorama, no es de extrañar que la, probablemente, peor narración de Dahl haya desembocado en el Spielberg más deficiente desde 1941.

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