¡BRUJA, MÁS QUE BRUJA!

LA VOZ DEL PUEBLO

BRUJA

Probablemente, el fracaso de ¡BRUJA, MÁS QUE BRUJA!, una de las cintas malditas de Fernando Fernán-Goméz (y van…) y hoy rescatada por la distribuidora A Contracorriente, se deba en gran medida al mismo motivo que impidió que El mundo sigue, otra de sus obras maestras injustamente olvidadas, no obtuviera el beneplácito de crítica y público que merecía en su momento: visionario, adelantado a su tiempo y fiel cronista de la época, el genial director plasmó con tanta veracidad, mala leche y resquemor la sociedad de aquellos años que el público, quizá, no supo enfrentarse cara a cara con sus propios fantasmas. O a lo mejor no pilló la indirecta, lo cual sería incluso más preocupante y sintomático.

BRUJA 2De hecho, y a pesar de pertenecer a dos géneros tan opuestos como el drama y la comedia musical, podríamos encontrar propósitos similares entre ambas historias. Mientras la obra de Zunzunegui presentaba una demoledora radiografía de la vida en las urbes y de unas gentes acomplejadas por la codicia, la hipocresía y el fanatismo más recalcitrante, ¡Bruja, más que bruja! hace lo propio en un entorno rural que nos resulta demasiado familiar, de ahí que su vigencia siga impoluta. Eso sí, huyendo del sensacionalismo y añadiendo toneladas de esperpento y humor, gracias a un contagioso y pizpireto libreto compartido con Pedro Beltrán, habitual del cine de Berlanga y amante confeso de la zarzuela madrileña (género al cual rinde homenaje la película). Apoyado por un extraordinario trabajo de todos los actores, Fernán-Gómez describe, a golpe de música y con su habitual dominio escénico, la España más negra, retrógrada y profunda: la de los hogares invadidos por estampitas e imágenes religiosas; la que se entrega a una fe incierta y se automutila ante pensamientos impuros; la del cielo y el infierno; la de los patriarcas que prefieren que sus mujeres acudan a curanderas antes que a médicos varones. No, no se asusten. Lo que en palabras parece un film salpicado por el tremendismo de Cela, en imágenes se revela como el más fascinante, inclasificable y desternillante vodevil de nuestro cine.

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