TARDE PARA LA IRA

UN DÍA DE FURIA

tarde ira

Durante los últimos coletazos del franquismo, un nutrido grupo de cineastas, la mayoría hijos adoptivos del neorrealismo italiano (siendo Carlos Saura y Jose Luis Borau sus más reconocidos representantes), tuvo la osadía de retratar en carne viva las vestiduras de una época agónica abocada irremediablemente a la extinción, desmitificando con ello la imagen idílica y turística que nuestra cinematográfica, controlada por los sectores más conservadores, vendía fuera y dentro de nuestras fronteras (en un claro intento de legitimar la valía del régimen). Fieles cronistas de su tiempo, y sirviéndose de un simbolismo que sorteaba hábilmente los dictámenes de la censura, se acercaron a las madrigueras de un país desconocido para el gran público, bucólico, hiriente y descarnado, raspado por su contradictoria climatología, a veces abrasadora (La caza), otras gélida como el hielo (Furtivos), y convertido en un trágico escenario en donde sobrevivir se convertía en la máxima prioridad de sus individuos.

tardeLa España más profunda encontró su mejor cristalización cinematográfica en estos años. Tiempo después, con variantes semánticas y partiendo ya de sucesos propios del semanario El caso, Pedro Costa y algunas genialidades de la mítica La huella del crimen, Vicente Aranda y sus Amantes y, más recientemente, Alberto Rodríguez con la magistral La isla mínima, se empaparon en gran medida del olor a putrefacción reinante en sus obras más características. Ahora, el otrora actor Raúl Arévalo coge el testigo en su TARDE PARA LA IRA, debut cinematográfico fraguado durante ocho largos años de una contundencia formal tan sublime y enérgica que cuesta creer que estemos hablando de una ópera prima. Todo, absolutamente todo, funciona como un reloj suizo en este relato de venganza, justicia y redención cocinado a fuego lento, de una sordidez irrespirable, interpretado brillantemente por un reparto en estado de gracia (al trío de ases, comandado por un Antonio de la Torre en el mejor papel de su carrera, se suma un Manolo Soto que devora la pantalla con su breve aparición) y deudor, además, del western bravío de Sam Peckinpah, la rabia visceral de Samuel Fuller y, en su vertiente melódica, los compases presentes en la también implacable Los santos inocentes. Escenas de una ejecución asombrosa (la secuencia inicial) y momentos casi imperceptibles de macabra comicidad (la pareja escuchando “Por ella” en su travesía por carretera) rematan una obra modélica avalada por el sello del gran cine, de las que remueven entrañas, tan inmensa y compleja que su recuerdo se acrecenta días después del visionado.

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