EL HOGAR DE MISS PEREGRINE PARA NIÑOS PECULIARES

EL BUCLE DE LOS NIÑOS PERDIDOS

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En estos tiempos convulsos, en los que resulta tan sencillo criticar el prestigio de un gigante como Tim Burton, verdaderamente anclado en un bucle de sabrosas ideas pero fallidos productos, no está de más recordar su indiscutible trono como mayor ilusionista cinematográfico de finales del siglo pasado. Creador de un universo propio, dominado por el expresionismo alemán y la subcultura gótica y poblado por seres heridos, atrapados bajo máscaras inspiradas en el monstruo de Mary Shelley (la mayoría álter ego del propio director), su capacidad de fabulación ha derivado en algunas de las fantasías más recordadas de las décadas de los ochenta y noventa.

Sus inolvidables Batman, Bitelchús y Mars Attacks! dan buena cuenta de ello. Y aunque a sus detractores les produzca urticaria esta afirmación, incluso ha dejado su firma en un buen puñado de obras maestras, tales como Ed Wood, Big Fish, Eduardo Manostijeras y Sleepy Hollow (sí, Sleepy Hollow). Desgraciadamente, su llama creativa parece haberse apagado con el nuevo milenio. Ya sea por una ambición desmedida (Alicia en el país de las Maravillas), cierto estancamiento creativo (la desconcertante Big Eyes) o repetición de esquemas (Frankenweenie), el otrora enfant terrible de Hollywood no acaba de rematar unos proyectos de encargo, aparentemente, óptimos para cobrar vida audiovisual según sus cánones peterpanianos.

Miss PeregrineAl igual que sus trabajos menos aplaudidos, EL HOGAR DE MISS PEREGRINE PARA NIÑOS PECULIARES es un continuo quiero y no puedo. A Burton le ha salido una película extraña, desigual. Con atmósfera, pero vacía de sorpresas; con potencial, pero sin la consistencia de sus mejores relatos. Los que han leído la novela, me dicen que el director ha rehecho las últimas páginas en beneficio de su personal estilo. Curiosamente, le identifico más en el primer tramo de cinta que en el desenlace, sujeto a las tácticas abusivas del CGI y al show de un Samuel L. Jackson totalmente desatado. Al final, ni me atrapa tanto viaje en el tiempo, camuflaje de severos agujeros de guión, ni empatizo con una historia de amor que nunca llega a poseer la lírica requerida, directamente porque los inexpresivos Asa Butterfield y Elle Purnell impiden que te creas su romance.

No obstante, y esto gustará a los seguidores más entusiastas de Burton, es la primera vez en muchos años (quizá, desde la infravalorada Sweeney Todd) que su magia sale a flote. Con cuentagotas, eso sí. Secuencias como la del barco hundido o la estampa de la joven flotando cual cometa en el aire (tan Big Fish) dejan constancia de que el corazón del cineasta sigue palpitando, en letargo, a la espera de un proyecto capaz de reunir la solidez de antaño con sus más geniales excentricidades.

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