UN MONSTRUO VIENE A VERME

MI AMIGO EL GIGANTE

Monstruo viene a verme

En un momento del largometraje que nos ocupa, casi de refilón, podemos apreciar en una estantería un póster de la obra maestra de Robert Mulligan Matar un ruiseñor. No es casual encontrar, en mitad de tantos recuerdos cinéfilos, tesoros que solo un amante del séptimo arte sabe valorar con la emoción que merece, la imagen de una película ligada íntimamente con la cinta de Juan Antonio Bayona: en ambas historias, los ojos de un niño sirven como ventana de exploración al universo de los adultos. La fábula, con o sin tintes imaginarios, moldea los pensamientos de unos seres inmersos en un mundo que todavía les queda demasiado grande, participantes directos de la aventura del crecer, pero también de un viaje sin billete de vuelta a su particular país de Nunca Jamás. Su hermanamiento, no obstante, no se queda en la simple anécdota fabulesca; las dos comparten un enorme corazón que late a la misma velocidad que el de sus pequeños personajes. Son relatos con alma, dotados de una verdad tan sincera que su profundidad traspasa la propia pantalla.

Monstruo viene a vermeÚltima entrega de la trilogía dedicada a las madres (cual Dario Argento) por parte de Bayona, la adaptación de UN MONSTRUO VIENE A VERME, basada en el best-seller de Patrick Ness, capta con una fidelidad admirable el espíritu y las imágenes que uno visualiza en mente a medida que devora las páginas que dan forma al libreto. Salpicada por el aroma añejo de los grandes cuentos clásicos de la literatura, con especial mención a Dickens y su Cuento de Navidad (la entidad que se presenta, pasada la hora bruja, a relatar tres historias de aprendizaje personal), la película no sólo es un extraordinario homenaje al poder de la imaginación y a la fascinante labor del cuentacuentos; también, un tributo al legado familiar, a la sabiduría que heredamos de los que ya no están, aquellos que, con la precisión de un lápiz de carboncillo, dibujan los caracteres de nuestro auténtico yo. Bayona, con una dirección portentosa, mucho más tenue de lo que la espectacularidad de sus ilustraciones hace creer, ha compuesto su mejor película hasta la fecha. La más madura, la más catártica. Una obra terapéutica, liberadora, que exprime la emoción no por la sensiblería que subyace en un relato declaradamente lacrimógeno, sino por la nobleza con la que el cineasta reproduce nuestra más tierna infancia. La que más lastima. La de todos nosotros.

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