SULLY

EL FACTOR HUMANO

Sully

Pocos cineastas han sabido evocar en la gran pantalla el talento y la belleza fílmica que nos regalaron los más ilustres autores del Hollywood dorado como Clint Eastwood. Su forma de aproximarse al cine, de rascar las emociones de sus historias y capturar, a través de primeros planos, el alma de sus protagonistas o la inmensidad del terreno en amplias y fordianas panorámicas (tanto en los westerns como en sus sombríos dramas), le han permitido representar el clasicismo más puro y arrebatador en una industria actual más pendiente de incorporar las últimas innovaciones tecnológicas al celuloide que de reivindicar la lúcida narrativa de antaño.

Considerado, pues, el eslabón definitivo del cine clásico estadounidense, sus recientes proyectos cinematográficos, impecablemente elaborados pero ausentes del temple inconfundible del realizador, dejaban entrever un declive progresivo hacia un cine menos personal y mucho más convencional. Ni sus fallidas incursiones en el drama (Más allá de la vida) ni en el cine biográfico (las correctas pero olvidables J. Edgar y El francotirador) y musical (Jersey Boys, quizá, su peor largometraje hasta la fecha) evidenciaban los signos vitales de sus mejores composiciones, aciertos aislados aparte. La corrección formal seguía presente, sí, pero la tradición y solidez descriptiva parecían haberse evaporado, hasta el punto de que costaba creer que algunas de sus películas estuvieran dirigidas realmente por el genio californiano.

Sully 2
SULLY
supone el reencuentro de Eastwood con sus más fieles devotos.
No por haber construido la cinta comercial que insinuaba su nimia (y poco cinematográfica) premisa, sino por recuperar sus consabidas pautas académicas entendidas en el mejor sentido del término. De hecho, quien busque grandilocuencia en este relato, inspirado en el amerizaje forzoso llevado a cabo por el piloto Chesley B. Sullenberger en pleno río Hudson y cuestionado por las élites superiores, posiblemente quede defraudado ante el insólito estilo intimista del cineasta. En su mejor película desde la magistral Gran Torino, el director prefiere contar esta historia, oda a esos héroes anónimos vistos con recelo y al esfuerzo colectivo, desde la sobriedad y el realismo característicos de su filmografía, revitalizando nuevamente el espíritu humanista de Ford y la personalidad limpia e idealista de otro grande como Frank Capra, principalmente el de las cintas que protagonizó el genial James Stewart. Y es que, como el caballero sin espada, Tom Hanks, contenido y formidable, tiene la cualidad de decirlo todo con un simple gesto, con una mirada casi inapreciable. La sutileza (tanto del cineasta como del intérprete) se convierte en el mejor arma de un trabajo que respira verdadero amor por el cine. Por el cine rabiosamente clásico, se entiende.

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