LA LLEGADA (ARRIVAL)

EL PODER DEL LENGUAJE

Arrival

A pesar de su prestigio en círculos cinematográficos y de haber rodado algunas de las películas que mayor entusiasmo han despertado en la última década (Prisioneros y Sicario, sus dos obras más recientes, valdrían como excelentes ejemplos), el nombre del director Denis Villeneuve todavía no goza de un reconocimiento palpable entre los espectadores que se acercan con asiduidad a las salas de cine. Auténtico soplo de aire fresco en una industria casi siempre decadente, creador de atmósferas y firme defensor del poder de la imagen frente a la palabra, su probado conocimiento de los engranajes audiovisuales y la artesanía que infunde en cada nuevo proyecto que afronta, diferente al anterior y libre de las intransigencias de los grandes estudios, le han permitido aunar, en un mismo largometraje, conceptos tan equidistantes como comercialidad e inventiva, riesgo y clasicismo, tradición e innovación.

arrivalInteresantes todas sus propuestas, poseedoras al menos de una secuencia lo suficientemente poderosa como para instalarse de por vida en nuestra retina, el realizador culmina su envidiable trayectoria con LA LLEGADA, primera toma de contacto con el universo fantástico antes de enfrentarse a la secuela de la reverenciada Blade Runner. Desvelar siquiera el punto de partida de la cinta sería un flaco favor para todos aquellos que quieran disfrutar en pantalla grande de esta nueva muestra del talento del canadiense. Lo que en otras manos hubiera caído, con toda probabilidad, en el mayor de los ridículos, Villeneuve lo convierte en una experiencia tan abrumadora (visual y narrativamente) que traspasa los límites de la propia temática gracias a la óptima combinación de sus dos teorías paralelas, influenciadas por sendas obras maestras de la cinematografía americana: por un lado, el poder de la comunicación y el lenguaje como pegamento que une a todas las civilizaciones, actualizando brillantemente el mensaje paficista (y algo anacrónico) de Ultimátum a la tierra (1951); por otro, como en la multipremiada Gravity (hermanadas en calidad y contenido), la utilización de la ciencia-ficción como excusa para narrar una historia profundamente humana, en donde el dolor ante la pérdida se convierte en la expresión irrefutable del amor más puro y terrenal.

Bellísima y plácida en su exposición, inmensa y vitalista en las conclusiones finales, esta impresionante película, base fundacional (junto al film de Cuarón) de la nueva edad de oro del género, consolida a Villeneuve como el cineasta más prometedor, versátil y revolucionario del cine contemporáneo.

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