THE NEON DEMON

LA BELLEZA EFÍMERA

The Neon Demon

A Nicolas Winding Refn, director consagrado por el éxito crítico y comercial de Drive, le basta un único plano de abertura para desvelar las intenciones finales de THE NEON DEMON, su última propuesta cinematográfica: la protagonista (una virginal Elle Fanning), acicalada para una sesión fotográfica con un electrizante vestido de temporada y pomposo maquillaje, yace ensangrentada en un sofá vintage mientras los flashes inundan la gran pantalla. Dicha imagen, en donde la joven es devorada alegóricamente por la cámara del fotógrafo, emulando el espíritu voyeur de la imprescindible Peeping Tom, ejemplifica, como si del mito de Fausto se tratara, el incalculable precio que hay que desembolsar (la venta de la propia inocencia) para convertirse en flamante reina de la alta costura.

The Neon DemonEl descenso a los infiernos (tema casi imperial en el cine del realizador) que propone esta demoledora y, a ratos, fascinante radiografía del mundo de las pasarelas, protagonizado por una Blancanieves moderna de envidiable belleza absorbida por la frivolidad del medio y rodeada de madrastras de impoluta (y estirada) piel, se enfatiza gracias a su hipnótico envoltorio de fábula de terror a medio camino entre el cine vampírico de la década de los ochenta (con El ansia y su estética de videoclip como buque insignia), el cromatismo y la poliédrica geometría de Suspiria y las tesis sobre el esclavismo y la vanidad reinantes tras los focos expuestas por David Cronenberg en la reciente Maps to stars.

Refn echa toda la carne en el asador consiguiendo su largometraje más maduro e indomable hasta la fecha. Tanto, que su visionado no es apto para todos los estómagos, de ahí su cruel (e injustificado) recibimiento en el pasado Festival de Cannes. Fatalismo, abstracción y brujería (guiño incluido al baño de sangre de Lucía Bosé en Ceremonia sangrienta) se dan cita en una montaña rusa de sensaciones contradictorias, que van desde la repulsión y pretenciosidad de algunas de las tomas al innegable hechizo que respira su colección de oníricas instantáneas. Destrozarla por sus imperfecciones y extravagancias, germen de la mente críptica del cineasta, no es una tarea complicada; negar sus virtudes, en cambio, evidencia una ceguera de prejuicios ante una narración de cautivador y barroco magnetismo.

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