ALIADOS

EN EL AMOR Y EN LA GUERRA

Aliados

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, y como apoyo a las acciones de política internacional, Hollywood tomo partido produciendo una serie de films al servicio de la campaña antinazi y en defensa del bando aliado (respaldando especialmente a Gran Bretaña) que glorificaban los valores democráticos y familiares frente a la tiranía totalitaria promovida por el régimen de Hitler. Fruto de esta iniciativa, de infalible calado en la sociedad norteamericana, los mejores directores de la época ofrecieron algunas de sus películas más celebradas (ideológica y artísticamente), muchas de ellas bendecidas por el clasicismo y el embrujo atemporal de aquellos años. Entre los ilustres nombres encontramos a Jean Renoir, con Esta tierra es mía; William Wyler, con su oscarizada La señora Miniver; y, cómo no, Michael Curtiz y su inmortal Casablanca, visualizada en un principio como una insignificante cinta de serie B partidaria de la incursión de Estados Unidos en la contienda.

Aliados 2En un momento actual en el que la digitalización y las últimas novedades tecnológicas encuentran en el cine su medio de difusión más rentable, se agradece la aparición de proyectos como ALIADOS, cuyo objetivo principal radica en recuperar el inconfundible aroma del cine propagandístico del Hollywood dorado (el de los grandes romances cocinados a fuego lento, las fiestas de etiqueta y el champán como bebida de socialización) agitándolo, oportunamente, con elementos de acción próximos a la escritura moderna. Pese a algunos achaques de ritmo, visibles en el giro argumental de la segunda parte del metraje (destripado impunemente en el trailer oficial), y la falta de pasión que demanda la columna vertebral de la historia, derivada de la nula expresividad de Brad Pitt, la película de Robert Zemeckis sale airosa del difícil reto de salvaguardar la artesanía de la vieja escuela gracias a la probada destreza narrativa del cineasta en las secuencias de mayor atmósfera (como ejemplo, la tensión climática de la escena del aeropuerto) y a la luz que irradia la siempre exultante Marion Cotillard, definida acertadamente en el film como el alma de la fiesta.

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