VAIANA (Moana)

AÑORANDO ÉPOCAS PASADAS

Moana

En la actualidad, podríamos dividir el cine de la factoría Disney en dos grandes bloques bien diferenciados: el primero, resultado de sus escarceos con Pixar, siempre a la vanguardia de los últimos avances audiovisuales; el segundo, más enfocado al público infantil, estaría compuesto por aquellos proyectos orientados a recuperar la magia visceral de antaño, cristalizada en las producciones que idease la brillante mente del mismísimo Walt Disney y que materializasen en pantalla, con enorme éxito, directores como Wolfgang Reitherman (101 dálmatas), Clyde Geronimi (Cenicienta, La bella durmiente) y, más cercano en el tiempo, Gary Trousdale (La bella y la bestia).

Si bien la agrupación de éxitos como Up o Inside Out cuenta con el apoyo unánime de los espectadores, principalmente de un público adulto deseoso de encontrar en el cine de animación la madurez que hasta entonces sólo hallaba en el Estudio Ghibli, la segunda tanda no acaba de reflejar satisfactoriamente sus más que plausibles propósitos, teniendo una mayor repercusión las actualizaciones a imagen real de sus clásicos de siempre (la reciente y deliciosa El libro de la selva) que aquellas películas que tratan de reivindicar, en formato animado o digital, la orfebrería del carboncillo y el papel.

MoanaPerteneciente a este último grupo, y dirigida por John Musker y Ron Clements, diamantes en bruto de la compañía gracias a las magníficas Aladdin y La sirenita, VAIANA posee elementos suficientes como para convertirse en el último gran pelotazo de la empresa: una satisfactoria banda sonora, una heroína que rompe con los esquemas culturales y estereotipados de sus relatos más recordados y una exaltación del ecologismo acorde con los tiempos modernos. Sin embargo, y dejando claro que los pequeños de la casa verán colmadas sus demandas, la película no acaba de brillar más allá de su insuperable acabado visual. La previsibilidad de su narración, remarcada por la cantidad de referencias disneyianas (El rey león y sus lecciones de vida, una vez más, se imponen aburridamente al resto), y los números musicales, introducidos con calzador y destructores de la fluidez narrativa del film (como ejemplo, la escena del cangrejo fluorescente), aportan un acabado final demasiado pegajoso y aniñado, insuficiente para un público malacostumbrado por la excelencia de la productora en sus colaboraciones con la ya imprescindible maquinaria de John Lasseter.

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