LA LA LAND (La ciudad de las estrellas)

VIVIR ES SOÑAR

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Recuerdo el día que vi Whiplash, el anterior trabajo del director de la película que nos ocupa, Damien Chazelle. Su pase de prensa precedía a La teoría del todo, el laureado y posteriormente oscarizado biopic de Stephen Hawking, centro de atención de todos los que, aquella mañana de enero, acudíamos a presenciar el doble visionado. De hecho, la historia del joven y prometedor baterista de jazz afligido por el temperamento de J.K. Simmons, una especie de John Keating promotor de metodologías sadomasoquistas, poco o nada interesaba a la mayoría. Tan solo había sido nominada al Globo de oro al mejor secundario, y sus opciones al Oscar se traducían en nominaciones puramente técnicas.

Recuerdo también, con especial nitidez, el instante en el que las luces del cine se encendieron tras la proyección. Los títulos de crédito habían llegado a su fin, y un servidor seguía perplejo en la butaca ante el inesperado espectáculo al que había asistido. Chazelle, totalmente desconocido hasta entonces, había dado una lección magistral de narrativa, ajustando perfectamente las emociones durante todo el largometraje hasta derivar en un desenlace de una maestría inusitada, casi catártico. El término obra maestra pasó ante mis ojos, pero yo, siempre tan prudente, preferí quedarme con el más relamido adjetivo de “extraordinaria”; o fue “fantástica”, no me acuerdo. El tiempo le dio la categoría que merece. Sí, Whiplash era una obra maestra. Como lo será, si no lo es ya, LA LA LAND.

lalaland2Más allá de su intimista (y arquetípica, dicho sea de paso) love story, La La Land es la historia de un tiempo que se muere y de cómo unos entusiastas del mismo luchan contra viento y marea por recuperarlo. Un tiempo quimérico, de focos que alumbraban el hechizo visceral de una manera de hacer cine que solo los cinéfilos parecemos reivindicar, de atrezzos y fondos de cartón piedra. Ella, una esplendorosa Emma Stone, representa a la meca de los sueños; él, Ryan Gosling, a la música que germina del corazón. A su manera, son héroes de la cultura. La ultima película, la obra maestra de Peter Bogdanovich, ya ponía sobre la pantalla este bucólico contexto: las salas cinematográficas, habitadas por Hawks, Ford, Cukor y demás maestros, desaparecían en favor de una televisión que ocupaba progresivamente las estancias de los hogares estadounidenses. No obstante, mientras la visión de Bogdanovich dejaba una huella de irremediable pesimismo, La La Land confirma que siempre hay tiempo para la esperanza. De ahí su final, catártico como la anterior producción del cineasta, uno de los homenajes más hermosos, rompedores e idealistas que he visto a la historia del cine y a las artes en general. La belleza, como aseguraba William Wordsworth, siempre subsiste en el recuerdo.

En muchos medios se dice que es una película que encandilará incluso a los reacios al género musical. Personalmente, no estoy de acuerdo con esta afirmación. Es probable que su abertura comercial traiga nuevos oyentes, pero solo aquellos que hayan gozado con Fred Astaire y Ginger Rogers, que hayan sentido en sus corazones los compases de las producciones de Arthur Freed o los colores del cine de Jacques Demy y se hayan perdido por los rincones que rodean al río Sena en Un americano en París entenderán la dimensión de tan mágica propuesta. Esto es una historia diseñada por y para soñadores, para aquellos mundanos, como cínicamente los describía Paolo Sorrentino en La gran belleza, que han encontrado en las tiras de celuloide una ventana abierta para satisfacer sus metas e ilusiones. Alcemos bien alto nuestras copas, inundémoslas con el champán más selecto y burbujeante. Yo también brindo por todos nosotros.

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