MÚLTIPLE (Split)

LA RESURRECCIÓN DE SHYAMALAN

Split

Tres chicas y un hombre se encuentran en un aparcamiento aparentemente desértico. Mientras el hombre, padre de una de ellas, termina de introducir las últimas pertenencias en el maletero, las jóvenes se meten en el interior del coche. La cámara, como peligro acechante, empieza a avanzar lentamente hacia el individuo. Algo terrible va a ocurrir y el espectador, consciente de ello, empieza a retorcerse de tensión en la butaca. Las chicas, por su parte, esperan entre risas, jolgorio y cotilleos. Alguien entra en el vehículo. Solo la que está sentada en el asiento del copiloto, de nombre Casey, se percata a través del espejo retrovisor que varios paquetes de comida están esparcidos en la parte trasera del auto. Su rostro palidece; puede adivinar que la persona que se ha sentado a su lado es un completo desconocido. No se equivoca. Tras ver cómo el extraño droga a sus amigas, Casey, en estado de shock, trata de abrir la puerta con discreción para poder escapar. Divertida o terroríficamente, según prefieran, el sensor delata a nuestra futura heroína.

Split 2Que no cunda el pánico: no he desvelado nada que no hayan revelado ya los anuncios publicitarios, manoseados desde hace varias semanas por los medios de comunicación, de MÚLTIPLE, la última genialidad de M. Night Shyamalan. Al director, célebre por sus vueltas de tuerca y giros de guion inesperados, le basta una única secuencia de apertura para definir, de manera formidable, el suspense, la elegancia y el virtuosismo visual (en forma de enfoques y travellings imposibles) que dominarán su nuevo trabajo. Todo ello sin renunciar a sus reconocibles tics humorísticos, tan chocantes y turbadores como narrativamente liberadores.

Absuelto de sus pecados del pasado (Airbender, After Earth) y con el regusto dulce en el paladar de su última propuesta (la divertidísima La visita), retoma sus consabidas inquietudes mezclando, con la misma energía que mostraba en sus mejores relatos, la ternura y las extravagancias declaradamente sensibleras de su cine con atmósferas de contradictoria y subrayada sordidez, llegando en este caso hasta límites nunca antes explorados por el cineasta. Y como guinda al pastel, transcritas en un dosificado montaje paralelo que puede llevar a creer en falsos desenlaces insólitos (no confundamos final sorpresa con sorpresa final, que es al fin y al cabo lo que presenta la película), Shyamalan se reserva unas contundentes (y escalofriantes) reflexiones morales: víctimas y verdugos, representados en un formidable James McAvoy, son producto de las mismas deformidades que asolan la sociedad. Unas veces permanecen impasibles, en estado de sumisión; otras, sin máscaras en sus rostros, se descubren como auténticas e implacables bestias.

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