MANCHESTER FRENTE AL MAR

UN CORAZÓN EN INVIERNO

Manchester

Ataviado con una chaqueta desgastada, con barba de varios días y una mueca constante de hastío y desapego por el mundo, Lee Chandler trabaja, día sí y día también, como conserje en unos edificios de la periferia. Alejado a propósito del mundanal ruido, su vida transcurre entre la rutina de su oficio y las confesiones que le revelan sus inquilinos, algunas de ellas proposiciones de alto voltaje ante las que el joven, de evidente atractivo, permanece indiferente. Nada parece alterar su existencia, ni siquiera la llamada que le comunica la súbita muerte de su hermano mayor y que le llevará al pueblo costero de su infancia. Un lugar del que huyó años atrás y en donde se fraguó la tragedia que moldeó su personalidad. Lee es Casey Affleck, el actor que aparece en todas las quinielas como el próximo ganador del Oscar. Y Casey Affleck es, en verdad, el alma máter de MANCHESTER FRENTE AL MAR.

ManchesterLa composición que realiza el actor, hermanísimo del menos laureado Ben Affleck (al menos a nivel interpretativo), es de una complejidad fascinante. Exento de efectismos histriónicos y cataduras lacrimógenas, traza un personaje en cuyo rostro se aprecia una amalgama de contradictorias emociones (la ira y la serenidad, la certeza y la incertidumbre, el amor y el odio), representando la agonía de un hombre muerto en vida que ha asumido su derrota ante la fiereza implacable de los fantasmas del pasado. Su trabajo está por encima, incluso, de una película a veces intratable, distante con un espectador incapaz de empatizar con algunas de las situaciones presentadas (la escena de la ambulancia, entre la caricatura y lo ofensivo), desmedida en su metraje y tan gélida como los parajes que, astutamente, esbozan la identidad del protagonista.

No obstante, la valentía de su conjunto, atípica en un producto más comercial de lo que su estampado indie nos quiere hacer creer, adquiere una gran consistencia gracias a la coherencia que muestran sus íntegras y, por qué no decirlo, demoledoras conclusiones: hay zarpazos en la vida tan penetrantes que no existen terapias que apaleen el dolor. Atrás quedaron los días de esplendor; a veces, ante las fatalidades, tan solo queda hueco para la resignación. Y la aceptación.

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