EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN

LAS RAÍCES DEL ODIO

Nacimiento nación

América en los infames tiempos de la esclavitud. Sí, otra vez. Desde que Steve McQueen triunfara en los Oscar de 2013 con la muy respetable 12 años de esclavitud y Lee Daniels impusiera los códigos narrativos sobre lo que no se debe hacer en este subgénero con alas reivindicativas, Hollywood se ha rendido ante una corriente de películas (todavía nos quedan varias en el tintero) acorde con los tiempos convulsos que vive la industria cinematográfica, en el ojo del huracán ante supuestas actitudes racistas hacia académicos de la comunidad afroamericana. Loables en sus propósitos, ansiosas (lo reconozcan sus creadores o no) por arrasar en las ceremonias de los premios más celebrados, son pocas las veces, empero, que han conseguido sorprender al espectador con alguna aportación mayor que la del sufrimiento que acarrea su devastador núcleo argumentativo. La sensación de déjà vu, casi siempre, se convierte en el mayor enemigo de estas producciones.

Nacimiento 2Presentada bajo un título con claras alusiones a la obra maestra de D.W. Griffith, largometraje clave para entender las articulaciones de la narrativa cinematográfica pero también monumento glorificador a la raíces del racismo estadounidense, y dejando aparcadas las directrices históricas de la revolución presentada (además de emprender una masacre contra sus amos, los esclavos protagonistas asesinaron a sangre fría a los hijos de estos, aspecto que, con cierta desvergüenza, no muestra visualmente la película), EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN es, ante todo, una película estimable, rodada con buen pulso e interpretada por unos actores que sienten en su piel el calvario al que se ven sometidos sus personajes. Resulta cruda, áspera y nada condescendiente. Pero también tremendamente manipuladora a la hora de exaltar un mensaje final tan enfurecido como cuestionable.

Amparándose en unos antiestéticos fragmentos oníricos, Nat Parker (director, guionista e intérprete a jornada completa) acaba remarcando tanto la naturaleza mesiánica y colérica de su figura principal, Nathaniel Turner, instigador de la rebeliones y fanático religioso víctima de la barbarie que le rodeaba, que resulta muy complicado comulgar con su causa, siempre justificada por el tratamiento maniqueo de un personaje real, en efecto, con más sombras que luces. Al final, se esfuerza tanto en respaldar el dolor y desaliento de sus acciones que la historia, más que aproximarse a la conmovedora puesta en escena de la película de McQueen, se inclina por caer en la trivialidad y el derrotismo propios del cine de Daniels.

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