LOGAN

EL AVENTURERO DE MEDIANOCHE

Logan 2

El cine de superhéroes está de capa caída. El motivo principal, probablemente, reside en la cantidad ingente de películas que en los últimos años han aflorado en la gran pantalla. Ya sea desde la estética pop, colorista e inconfesablemente light de los productos nacidos en el seno de Marvel o desde la visión calamitosa, narcisista y casi shakespeariana fundada bajo los parámetros de Christopher Nolan y su caballero oscuro, este subgénero, cuya principal virtud debería radicar en el entretenimiento más placentero y evasivo, está asistiendo a un debilitamiento de sus fórmulas por culpa de la ambición desmedida de unos ejecutivos desconocedores, casi siempre, del universo fantástico que tratan de articular. El entretenimiento, en la mayoria de las ocasiones, brilla por su ausencia, prevaleciendo una idea de competición económica entre los míticos y todopoderosos estudios (DC y la comentada Marvel) más que una búsqueda real de logros cinematográficos.

loganComo excepción que confirma la regla, cada cierto tiempo surgen algunas propuestas (carentes de pretensiones y rebosantes de ideas creativas) que tratan de romper con esta tendencia al alza. Hace un año, sin ir más lejos, la divertidísima Deadpool abrió un abanico de posibilidades narrativas a través de un héroe que huía de todo convencionalismo establecido. Mucho más inteligente de lo que su malhablado guion hacía creer, la película supo aglutinar, por medio de chistes metacinematográficos y buenas dosis de irreverencia, a los fans de las viñetas con el público asiduo al cine más comercial y palomitero.

LOGAN, tercera entrega en solitario del integrante de los X-Men y variante mutante de la novela Ojos de fuego de Stephen King, prosigue esta estela de ruptura formal ofreciendo una mirada atípica al manido campo de los superhéroes. Atrás quedaron las capas, la gomina, los trajes hechos a medida y las tonalidades fluorescentes; la última aventura de James Mangold convierte a Hugh Jackman en la viva imagen del Clint Eastwood más desgastado y decadente. Tanto, que la nueva identidad del personaje (conductor de limusinas, alcohólico y enfermero a media jornada de un agonizante profesor Xavier) parece sacada de uno de los desmitificadores retratos del genio americano, detalle que se agudiza por el aroma a western crepuscular (referencias a Raíces profundas incluidas, primera versión de, qué curioso, El jinete pálido de Eastwood) que impregna la función. Cuanto más juega en el terreno desértico y polvoriento, mejores resultados obtiene. Lástima que, tras una espléndida primera hora, poseedora de una violencia inusitada en esta temática, la película acabe agonizando por una dirección que le viene demasiado grande a Mangold y por la aparición, en su segundo tramo, de los formulismos (exceso de duración, ausencia de comicidad, niveles de tragedia elevados al cuadrado) que tan brillantemente estaba sorteando hasta entonces.

 

 

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