LA BELLA Y LA BESTIA

IMITANDO LO INIMITABLE

Con mucho descaro y poco sentido del ridículo, el director Gus Van Sant se atrevió a elaborar, en 1998, un remake de la mítica Psicosis, posiblemente la película de suspense más sublime de la historia del séptimo arte y pieza clave para entender los estandartes del terror coetáneo. No se trataba de un homenaje realizado por un entusiasta convencido; tampoco, de una nueva adaptación acorde con los tiempos actuales. La intención era reproducir, plano a plano, el celuloide proyectado por el mago del suspense cuarenta años atrás con el uso del color como un único aliciente justificable. Curiosamente, y a pesar de tratarse de una fotocopia textual del clásico, las diferencias artísticas eran abismales: lo que en la cinta de Hitchcock era fatalismo, innovación y dominio visual, en la de Van Sant se tradujo en desfachatez, tedio y vulgaridad. Los misterios del cine, señores.

Imagino que muchos se estarán preguntado qué tiene que ver semejante paralelismo con una historia de hechizos, príncipes encantados y melodías intencionadamente endulzadas. Al igual que la producción de Vant Sant, LA BELLA Y LA BESTIA (2017) nace con el propósito de duplicar, punto por punto, los logros de una película mayor, en este caso el fascinante y oscarizado largometraje de 1991, considerado por muchos buque insignia (con permiso de la también imprescindible El rey León) de la animación disneyiana de los años noventa. Y lo hace, ya se imaginarán, de la peor manera posible: limitándose a calcar milimétricamente sus imágenes (con la única excusa de trasladar la orfebrería animada a imagen real) sin imprimir la magia visceral de antaño.

A diferencia de la pieza original, esta película carece de alma, corazón. Es puro plagio, puro sinsentido. Todo los detalles que funcionaban en aquella, con esos colores limpios y afrancesados y esos trazos pictóricos propios del dibujo tradicional, quedan reducidos a un ejercicio nostálgico de piezas kitchs tan desfasado e irrespetuoso como redundante. Solo hace falta contemplar dos secuencias para constatar el desastre: la escena de abertura, narración de los orígenes de la bestia, en la primera visualizada como un collage de enigmáticas vidrieras y aquí convertida en una danza de máscaras oda al ya cansino multiculturalismo, y el baile en el gran salón, ausente de cualquier atisbo de virtuosismo técnico. Eso sí, no desesperen. Si de verdad quieren disfrutar de una versión humana en condiciones, acudan a la de 1946 y déjense llevar por la valentía onírica de Jean Cocteau. Esa sí que es una obra monumental.

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