CRUDO

LOS PLACERES DE LA CARNE

El tema del despertar sexual ha dado lugar a algunos de los relatos más fascinantes y desasosegantes del cine fantástico contemporáneo. Carrie, sin ir más lejos, basada en la novela de Stephen King y llevada a la gran pantalla con mimo por Brian de Palma, exploraba las inquietudes de una joven, víctima de bullying en el instituto y de una madre fanática religiosa en el hogar, que se enfrentaba a un mundo de hormonas desatadas y bailes a la luz de la luna impropio para su mente hermética y virginal. La sangre de su primera menstruación aceleraba los acontecimientos propios de la naturaleza hasta desembocar en una operística tragedia producto de las cadenas impuestas. También En compañía de lobos, haciendo uso del folklore y de inocentes cuentos infantiles, con Caperucita roja como indiscutible protagonista, jugaba con la figura cálida de la abuela para alertarnos sobre los peligros que conllevan los cambios biológicos del cuerpo. Ambas, como ocurre en la actual CRUDO, acentuaban magistralmente el contraste entre las enseñanzas más arraigadas, incluso anacrónicas, y la necesidad de liberación de su personaje (no por casualidad) femenino. El deseo de independencia, del placer, de lo prohibido.

Vértice, pues, de este triángulo imaginario sobre la pérdida de la inocencia y la integración en el universo adulto, la ópera prima de Julia Ducournau cuenta la historia de Justine, una joven perteneciente a una estricta familia de veganos e inexperta en los menesteres de la vida (entiéndase en todos los contextos) que desarrollará, ya en un entorno de libre albedrío, un apetito insaciable por la carne humana. El canibalismo se convertirá en la explosión natural de sus instintos más primarios. Y en su mejor arma de defensa, alegoría última de una nueva existencia al margen de sus opresivas raíces.

Atípica en su planteamiento y muy efectiva en sus conclusiones, la película, poblada de referencias cinéfilas y digna heredera del Cronenberg más escurridizo, alcanza lo que pocas en su temática: inquietar con los mínimos elementos posibles apartándose por completo de cualquier tendencia maniqueísta. Habrá quien lleve al paroxismo sus estimulantes y atrevidas teorías; otros, directamente, se verán incapaces de soportar la escabrosidad de sus secuencias, ya mitificadas por los supuestos desmayos acaecidos en algunos de sus visionados. Y unos pocos, entre los que se encuentra el que esto suscribe, nos dejaremos empapar, simplemente, por la elegancia de su puesta en escena, por la bilis que expulsa cada plano y por su determinación a la hora de explorar nuevos territorios en el género. Con estos ingredientes, propios de La haute cuisine, normal que la Muestra Syfy se rindiera ante las dentelladas propuestas por semejante manjar.

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