LA CURA DEL BIENESTAR

EL BALNEARIO DE LOS HORRORES

Competente y casi siempre interesante, el director Gore Verbinski es de los cineastas que mejor se adaptan a los cambios de registro exigidos por los diferentes proyectos de encargo que acepta de Hollywood. Ahí están, para confirmarlo, sus intervenciones en el cine para niños, con la simpatiquísima Rango; en el de aventuras, con la estupenda Piratas del Caribe; o dentro de los parámetros del celuloide de horror con The ring, extraordinaria cinta superior a su referencia japonesa. Pero también es cierto que peca de un defecto que domina, incluso, algunos de sus trabajos más notables: el exceso de una ambición desmedida, incompatible con historias que demandan un tratamiento más sencillo y menos ampuloso. Inconveniente presente también en la extraña y, a la vez, sugerente LA CURA DEL BIENESTAR.

Su nuevo largometraje, una historia de género sobre un balneario detenido en el tiempo y poblado de huéspedes autómatas y guardianes retorcidos, encierra elementos de interés. Hay calidad en ella, pero también reiteración y exceso de tramas. De hecho, a uno le queda la sensación de que Verbinski no sabe realmente qué quiere contar, si una leyenda de fantasmas corpóreos con ecos de la Hammer, un suspiria de sectas geriátricas e invasiones de ultracuerpos o (la mejor de todas) una crítica al sistema capitalista, denunciando la degradación a la que se ven sometidos hombres de incuestionable honradez en el juego del dinero. Tampoco ayuda que su principal referencia sea la intrincada (y fascinante) Shutter Island. Mismos parajes paranoicos, mismos planos alumbrados por mecheros en la oscuridad, idéntica atmósfera decrépita. Hasta el protagonista se parece al DiCaprio más ojeroso y demacrado. Una pena que, a la hora de resolver el Cluedo, a la película le falte la consistencia y la coherencia narrativa de Scorsese.

No obstante, La cura del bienestar no es, ni mucho menos, un film desdeñable. Independientemente, hay piezas, producto de la maestría visual del realizador, de una belleza incuestionable, enfatizadas por la espeluznante canción de cuna que domina el metraje. Otra cosa es que encajen dentro del rompecabezas. Con una hora menos (dura unos desorbitados 150 minutos), un ensayo de guion más estructurado y las ideas más claras, el buen material que habita entre sus paredes habría desembocado, sin duda, en un producto mayor y recordable.

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