GHOST IN THE SHELL

EL PERFECTO BLOCKBUSTER

Nunca he sido un buen defensor del cine de animación japonés. Salvando honrosas excepciones, y dejando a un lado las maravillas regaladas durante años por el Estudio Ghibli, con joyas como El viaje de Chihiro, La tumba de las luciérnagas o la reciente El recuerdo de Marnie, sus identificables líneas de expresión animada, colores estridentes, rostros histriónicos y complejas extensiones narrativas (entre la originalidad de sus propuestas y el caos de ideas que pícaramente presentan, caso de la reciente Your name) pocas veces se han convertido en centro de mi interés. Recuerdo, por ello, la sorpresa que supuso el visionado de Ghost in the Shell, clásico fundamental de esta corriente y del cyberpunk de los años noventa y, para muchos, la obra maestra de Mamoru Oshii. Recomendada hasta la saciedad por infinidad de seguidores, incluso por personas que no comulgaban con el universo anime, la película presentaba un apabullante contexto distópico plagado de influencias audiovisuales y detalles expositivos que, veinte años después, se podrían considerar aterradoramente proféticos.

No obstante, y reconociendo la fascinante dimensión de su intenciones, su carga poética (a veces tediosa, casi siempre gratuita) y el batiburrillo metafísico de algunos de sus conceptos, propios de la ambición excesiva que arrastra esta temática, impedían redondear un producto final más irregular de lo que su apariencia dejaba entrever. Pensé, ya entonces y de cara a una posible adaptación a imagen real, que con una reestructuración de guion menos enrevesada y más abierta a las demandas del público podría dar lugar a un trabajo más compacto. Tal vez menos complejo, pero sí más sólido y, desde luego, inteligible.

Tremendamente respetuosa con el material de origen, protagonizada por una intrépida Scarlett Johansson y la excepcional Juliette Binoche (en la piel de un Victor Frankenstein a la inversa, defensora a ultranza de su criatura), la versión a escala humana de GHOST IN THE SHELL deslumbra al poner en orden los conceptos más inestables y subrayar, aún más si cabe, los ecos de cine noir que ya asomaban en la cinta de 1995. La puesta en escena, así como su brillante definición de un futuro cada vez más robotizado, en donde se repudia todo lo humano y se pondera lo sintético, son otros de los aciertos de un largometraje que se enorgullece, sin disimulo, de sus referencias cinematográficas, desde la inventiva cibernética de Matrix (película, a su vez, influida por la producción animada) a la imaginería plástica y conceptual de Blade Runner (hasta Pilou Asbæk parece un calco de Rutger Hauer). Eso sí, presentando una entidad propia, única, transformándose finalmente en uno de esos pasatiempos que, muy de vez en cuando, surgen dentro de la industria y se recuerdan por su hábil conjunción de acción, dramatismo y espectáculo visual. O dicho de otro modo, en el perfecto blockbuster.

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