LLEGA DE NOCHE

LOS PELIGROS DEL MARKETING

El terror, qué género tan definido y, herméticamente, desconocido por tantos sectores dedicados a la cinematografía. Como prueba, la tendencia actual de muchas productoras de cualificar, con este sentimiento, a cualquier producción que muestre un gusto mínimo por el desasosiego, por los espacios rodeados de penumbra, por la llama del suspense. Para colmo, las críticas que nos llegan del otro lado del charco, casi siempre escritas por profesionales que reniegan de este tipo de celuloide, no hacen más que incentivar esta confusa publicidad alabando dichos trabajos bajo eslóganes como “aterradora”, “terrorífica” o, de forma más explícita (o cínica, según se extienda), “la película de horror del año”. Y claro, luego llegan las temidas decepciones. Lo hemos visto recientemente con la comedia de tintes macabros Déjame salir y en la repulsiva (y espléndida) Crudo, aunque, posiblemente, no haya un ejemplo más sangrante que El bosque, la obra maestra de M. Night Shyamalan, nefastamente recibida en su momento por un público dispuesto a encontrarse con una historia de pesadillas y altas dosis de escalofríos cuando, en realidad, la cinta reflexionaba sobre algo mucho más perturbador: los límites de nuestros propios miedos.

Queda claro, pues, que el film que nos ocupa es un nuevo prototipo de este dudoso marketing. Y es que, a pesar de venir presentaba por un trailer angustioso y unos pósters promocionales que harían las delicias de William Friedkin, LLEGA DE NOCHE no es una película de terror. De hecho, salvo tres momentos oníricos concretos (y bastante deshonestos, pues refleja el pánico que no se atreve a mostrar en el marco real), ni se aproxima a la temática. Este aséptico drama psicológico con tintes de thriller, enésima exploración del cine de contagios, pretende dar un vuelco al subgénero potenciando el clímax de tensión a través de sus tres elementos definitorios: pocos personajes, un único escenario posible y la sutileza como forma de ocultar imperfecciones. El problema es que es tal el nivel de austeridad y de búsqueda de la incomodidad en lo invisible que, más que espeluznar, acaba aburriendo por redundancia de esquemas, dando paso a una sucesión sistemática de planos elegantemente encuadrados, pero no por ello bien dirigidos.

Influido por cineastas de la talla de John Carpenter (maestro, este sí, de la sugestión bien entendida), el realizador Trey Edward Shults no acaba de dar oxígeno a una premisa, siendo francos, demasiado toqueteada a comienzos de milenio. Pocas son las respuestas e infinitas las preguntas que quedan en el aire. Pero si una destaca, por encima de todas, es qué ente, infectado o ser del averno da título a tan engañoso y desalentador largometraje.

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