BABY DRIVER

DRIVE PARA ADOLESCENTES

No nos engañemos: BABY DRIVER, la nueva película del realizador Edgar Wright, tiene, a priori, todos los ingredientes para triunfar en las taquillas de medio mundo: un relato de ladrones planteado bajo los cánones de la vieja escuela, sazonado con llamativos éxitos musicales y algún que otro golpe de violencia (reflejo de muchos de los aspavientos de Tarantino) y capitaneado por el típico engreído de aspecto gélido e indomable pero de corazón humilde. Si a esto le añadimos la siempre solvente dirección del cineasta y un nostálgico envoltorio retro (incluyendo en el paquete la indispensable love story a quemarropa) es más que probable que la crítica especializada se rinda ante un trabajo de irreprochable factura técnica, hábil en su ejecución plástica, que sabe acomodarse con astucia en la línea límite de la comercialidad y la autoría. Sin embargo, también juega en un terreno demasiado seguro y libre de riesgos, tanto que su prometedor inicio, oda a la insolencia propia de la revolución emprendida por Steve McQueen en los irreverentes años setenta, no acaba de explotar por el uso indebido de los clichés más relamidos del subgénero.

El largometraje basa su fortaleza en un frenético montaje donde música e imagen se mezclan como compañeros inseparables de viaje. Todas, absolutamente todas las secuencias están remarcadas por las electrizantes sinfonías de su banda sonora. Y, aquí, servidor reconoce acabar saturado ante el desfile redundante, ensordecedor y peligrosamente pretencioso de la propuesta. La música devora el film, la sombra del videoclip entra en escena y, para colmo, el convencionalismo termina dominando la función. Wright se queda estancado en parajes ya explorados y en la falta de definición de la mayor parte de sus personajes (un desubicadísimo y estereotipado Kevin Spacey, por ejemplo), perdiendo gran parte de la frescura y del estilo canalla de sus mejores trabajos, llámense Zombies Party o Arma fatal.

Adornada con un fin de fiesta tan excesivo como desquiciado (nuevamente, los tics más habituales del director de Malditos bastardos quedan expuestos en pantalla), Baby Driver se podría definir como un Drive facturado para adolescentes, mucho más light de lo que su imagen gamberra quiere presentar y repleta de malabarismos audiovisuales innegablemente efectivos, pero sin el verdadero toque de su, casi siempre, genial director.

 

 

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