LA GUERRA DEL PLANETA DE LOS SIMIOS

LA JOYA DE LA CORONA

A día de hoy todo son elogios y aplausos pero pocos, muy pocos, se atrevieron a visualizar el merecidísimo éxito, crítico y comercial, de la nueva trilogía simiesca iniciada por el director Rupert Wyatt a comienzos de esta década. Y más teniendo en cuanto el germen de la misma, la intocable cinta protagonizada por el siempre excelente Charlton Heston, brillante utopía fabricada como producto de Serie B, llevada a los altares gracias a la artesanía del infravalorado Franklin J. Schaffner y poseedora de uno de los finales más sorprendentes, reveladores y, al paso que vamos, proféticos de la historia del cine. El origen del planeta de los simios, primera parte de este renacimiento, supuso un auténtico hallazgo en la ciencia-ficción previa a las sendas marcadas por las posteriores Gravity e Interstellar. Era fresca, osada y, además, perturbadora en sus conclusiones morales. Su secuela dio un paso más allá. Considerada acertadamente El imperio contraataca del universo primate, El amanecer del planeta de los simios constató la fuerza de la propuesta, ofreciéndonos una espléndida simbiosis entre los paradigmas tradicionales del género y el espectáculo más frenético y abrumador.

Quedaba por ver si el vértice triangular de la colección, LA GUERRA DEL PLANETA DE LOS SIMIOS, cumplía con las expectativas generadas por la destreza formal de sus hermanas mayores. Y la respuesta es un rotundo sí. Más intimista de lo que su épico título podría hacer presagiar, la nueva epopeya de Matt Reeves lleva al paroxismo, con una aplastante brillantez, la resurrección del clasicismo de la anterior entrega, ofreciéndonos una gozosa sucesión de referencias cinéfilas y literarias que van desde el western crepuscular (con ecos, agárrense, del clímax nevado y de soledad que respiraba el Jeremiah Johnson de Sidney Pollack) pasando por el Sturges más inspirado (con la sombra de su “gran evasión” como núcleo expositivo) y, de forma más explícita, el mismísimo Corazón de las tinieblas de J. Conrad, apostando por una denuncia de los totalitarismos que ya quisieran muchas producciones bélicas.

De una perfección narrativa difícil de encontrar en este tipo de producciones, visible principalmente en un último tramo de claras connotaciones bíblicas, y con un Andy Serkis absolutamente arrebatador, La guerra del planeta de los simios no solo es una cautivadora película de aventuras (y, con diferencia, la mejor pieza del puzzle); también, una obra que transgrede (en el buen sentido) los límites de la propia temática, arriesgadísima en su planteamiento, capaz de renovar los arquetipos y estandartes fijos y acartonados del concepto de blockbuster. 

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