ABRACADABRA

LA RESURRECCIÓN DEL ESPERPENTO

Sorteando la censura de la época, siempre pendiente de dinamitar cualquier idea creativa capaz de rasgar los estandartes dictatoriales del régimen, el tándem Luis García Berlanga y Rafael Azcona, director y guionista respectivamente, capturaron, en formato celuloide y desde unas raíces puramente satíricas, las costumbres, farsas e ideales morales de la España del franquismo con un talento equiparable al de otra pareja imborrable, la formada por Billy Wilder y su inseparable I. A. Diamond. Eran películas rebosantes de ingenio, inteligentemente inspiradas en la estética del neorrealismo italiano, que utilizaban enredos cómicos de una simpleza casi minimalista para explorar, con infinita mala uva, las vergüenzas de un país anclado, desde tiempos inmemoriales, en vicios infectos como la envidia, la hipocresía y la codicia.

Treinta años después de su última colaboración, y con pocos directores que hayan sabido atrapar la magia de tan honrosa filmografía (quizás, por su apego a unas circunstancias políticas muy concretas de nuestra historia), el cineasta Pablo Berger se empapa de la visionaria inventiva de los artífices de Plácido y El verdugo con una jugada similar a la emprendida por estos dos maestros en sus narraciones: partiendo de un relato nimio, casi anecdótico (la hipnosis efectuada a un macarra de barrio con las manos demasiado largas), se engendra un complejísimo y magnético juego de espejos en el que se ponen al descubierto algunas de nuestras más sangrantes realidades sociales (la lacra del maltrato de género) subrayando, con perversos y deliberados propósitos, el contexto social sobre el que se asienta el corazón de la historia (la España más cañi y retrógrada, con sus princesas de barrio y sus modelos imposibles, machos alfa y restaurantes de carretera con cegadores rótulos de neón).

Revelador en su alegato feminista, protagonizado por una Maribel Verdú titánica en su histrionismo gesticular (atención a su baile en la discoteca, todo un ejemplo de planificación escénica), y con el aroma de extrarradio tan característico del Almodóvar primerizo (especialmente de su exitosa “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”, con la que comparte muchos aspectos), Berger inyecta el espíritu grotesco del esperpento consiguiendo que, en una misma escena, el espectador sienta en sus entrañas una explosión de sensaciones de toda índole posible: terror, angustia, romanticismo, humor, desconcierto. Y, sobre todo, fascinación. Como en los mejores y más lúcidos libretos de Azcona y Berlanga.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: