LA REINA VICTORIA Y ABDUL

LA SOLEDAD DE LA REINA

A lo largo de sus más de treinta años de trayectoria, Stephen Frears ha evidenciado, en sus mejores trabajos, una predilección por historias protagonizadas por personajes de complejísimo temperamento, frustrados por la vida o embriagados por el éxito más efímero e incontrolable y ocultos bajo caretas indescifrables, bien por mantener las apariencias bajo un estatus mayor, bien por pertenecer a una condición social que les impide expresar sus sentimientos más puros y auténticos. Basta con aproximarse a Las amistades peligrosas, Café Irlandés o Abrete de orejas, indómitos proyectos dominados por una acidez y un grado de negrura brillantemente dosificados por el cineasta británico. Empero, y esto es una cualidad presente en sus cintas más deslucidas, cuanto mayor es el nivel de suavidad expuesto en el tratamiento de sus relatos (y, por ende, en el de sus héroes), menor es la solidez de su resultado final. La linealidad se apodera de la función, difuminando con ello su característico toque personal. Ya pasó en Chéri, la flojísima adaptación del libreto homónimo de Colette que pretendía resucitar la carrera de Michelle Pfeiffer. Y algo parecido ocurre con el largometraje que nos ocupa.

Durante la primera hora de LA REINA VICTORIA Y ABDUL, relato sobre la amistad (y, quizá, algo más) de Victoria de Reino Unido y un sirviente de la Corte de origen musulmán, convertido por obra y gracia de la soberana en ayudante personal de la Corona, Frears, curtido en los dramas de época, recoge con gran astucia algunos de los tics más habituales de la comedia clásica británica. Desde la secuencia inicial, brillante y sutil presentación de los dos protagonistas principales, pasando por la triste y empática descripción de la soledad de la monarca, atrapada entre los muros protocolarios de su particular reino y necesitada de una mano amiga, esta variante epidérmica de Paseando a Miss Daisy otorga momentos de notable interés gracias, en gran medida, a los afilados y mordaces trazos de su guion y a una Judi Dench pletórica haciendo de sí misma (de hecho, retoma un papel que ya interpretara en la olvidada y muy apreciable Su majestad, Mrs. Brown).

No obstante, su puesta en escena, poco memorable pero sí encantadora, se pierde a partir del ecuador de la cinta, momento en el que la mano firme del director desaparece y entra en juego la sensiblería y un extenso abanico de convencionalismos narrativos. Las escenas cómicas, dominadas hasta entonces por la ironía y el regusto añejo, dan paso a un humor atropellado, casi paródico. Y en vez de profundizar en la relación de amistad y en la fascinación que le producía a la Emperatriz de la India su inusual camarada, ventana abierta a ese territorio de placeres y exotismo inexplorados por su condición real, la película opta por diseminar el conflicto palaciego que originó tan atípica fraternidad, cayendo en la reiteración y en unas líneas de guion mucho más estereotipadas e identificables. Se echa en falta mayor incisión en la trama, más riesgo y menos maniqueísmo, el aliento crítico y abrasivo que el cineasta muestra en sus trabajos más competentes y satisfactorios (sin ir más lejos, en su otra aventura monárquica, la espléndida La reina). La corrección y calidez del producto, innecesariamente abierto a todos los públicos, permanece inalterable a lo largo de sus dos horas de metraje, pero queda la sensación de que el material de origen se ha desaprovechado en su conjunto. A Frears podemos exigirle más, mucho más.

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