BLADE RUNNER 2049

LA BELLEZA DE LO SUPERFICIAL

Resulta difícil de creer, pero hay que recordar que Blade Runner, la magistral cinta que dirigiera Ridley Scott en 1982, su tercera joya consecutiva tras su ópera prima Los duelistas y una tal Alien, el octavo pasajero, tuvo una acogida atroz en el momento de su estreno. Impropia, tal vez, de los festivos y comerciales años ochenta, el público mayoritario y los críticos en general de la época (muchos de los cuales, tiempo después, acabaron por admitir el error de sus palabras) despedazaron una película adelantada a su tiempo, visionaria a la par que innovadora, que unía de forma arrebatadora la fantasía estéticamente desoladora, distópica, poética y futurista con brillantísimos destellos del mejor cine negro (una trama cocinada a fuego lento, detectives construidos a la imagen de Phillip Marlowe, femmes fatales tan misteriosas como atrayentes). El paso de los años, y sobre todo la nueva hornada de cinéfilos, incapaces de entender las razones de su estrepitoso fracaso, rescataron las innegables virtudes de un largometraje, todavía hoy, objeto de estudio en numerosos círculos cinematográficos (y de otras especialidades ajenas al celuloide) por la infinidad de lecturas morales, filosóficas y místicas que mostraba, alzándolo como una obra mayor a la altura de hitos como Metrópolis, 2001: Una odisea del espacio o la mencionada Alien. O lo que es lo mismo, en el selecto Olimpo de las obras maestras atemporales.

Desde el momento de su concepción, y esto es un hecho incuestionable, BLADE RUNNER 2049 transmitió buenas vibraciones. Se podía palpar en el ambiente que no era una secuela al uso, ni tampoco uno de esos proyectos hollywoodienses cuyas únicas intenciones radican en rescatar los buenos resultados económicos de antiguos y celebrados éxitos de taquilla. Había ambición, verdaderos propósitos por hacer las cosas bien, intenciones que acabaron confirmándose con la elección del ya consolidadísimo Denis Villeneuve como sabio ejecutor del film. Desde su primer reconocimiento crítico, la asfixiante y estremecedora Incendies, pasando por sus desvaríos mentales y kafkianos (Enemy, quizá su obra maestra) hasta sus coqueteos con el thriller comercial heredero de David Fincher (la adictiva Prisioneros), todos sus trabajos brillaban por su innovadora puesta en escena, por su capacidad de construir ambientes sórdidos irremediablemente fascinantes a ojos del espectador, por su dominio del mejor suspense, ya sea en espacios realistas o puramente oníricos. Y no sólo eso. Gracias a la excelsa La Llegada, también ha demostrado que entiende, como ningún otro cineasta contemporáneo, los siempre intrincados engranajes que encierra la Ciencia-Ficción. Su esencia indómita, el poder transgresor y lírico que hierve en sus venas. Con semejante curriculum cinematográfico, unido a la magnificencia del proyecto, nada podía salir mal en una película bendecida, incluso antes de las primeras proyecciones, como la última pieza clave del cine estadounidense. Quizá, de forma precipitada.

Villeneuve aprueba el examen, pero se queda a varios puntos de obtener el sobresaliente. Como ya hiciera Scott, ha vuelto engendrar un mundo de ensueño, casi apocalíptico, más allá del tiempo y el espacio, dominado por unas tecnologías que engullen cualquier atisbo de humanidad y plagado de luces de neón, oscuridad y ciudades salpicadas por la caída incesante de nieve. Una paisaje muerto, sin alma, pero lleno de posibilidades en términos cinematográficos. Sobre el papel la idea no puede ser más evocadora; en pantalla grande, si bien se transforma en un espectáculo de una potencia visual imponente, también adolece de una frialdad que impide a la cinta aprovechar el excelente material de partida. El virtuosismo técnico del director se hace patente en cada instantánea, en cada secuencia bellamente rodada, en la carga onírica ingeniosamente introducida a lo largo del metraje. Pero dentro de esas capas de envoltorio, de esa pureza estética, a la película le falta pasión, aliento lírico, la innovación que sí proporcionaba el reverenciado clásico original. La imagen, una vez más, acaba por devorarlo todo.

Pero si en algo falla Villeneuve es en traicionar el espíritu y algunos de los conceptos expositivos fundamentales de la primera parte: la melancolía y los apuntes evocadores son confundidos con decadencia y patetismo (en ocasiones, hasta limites indigeribles); la unión de los personajes, encabezados por el inexpresivo (y aquí, sobrevaloradísimo) Ryan Gosling e interesantísimos individualmente, resulta aséptica, carente de magnetismo y emoción; y, como apunte más doloroso, el cine negro que impregnaba espléndidamente cada fotograma de aquella, con esas avenidas invadidas por la lluvia ácida y el barroquismo que asolaba las calles de la metrópoli, queda reducido a cenizas. Al final, todo resulta demasiado impostado, tanto a niveles audiovisuales (la búsqueda del encuadre perfecto) como en aspectos específicamente argumentativos (optando por esa manía insoportable de dejar frentes abiertos para nuevas franquicias cinematográficas). Pero no me hagan mucho caso, habla un entusiasta empedernido del film de Ridley Scott. Puede que, como ya ocurriera con esta, los planteamientos expuestos en Blade Runner 2049 necesiten una amplificación mayor que la que proporciona un único visionado. El tiempo pondrá las cartas sobre la mesa.

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