LA MONTAÑA ENTRE NOSOTROS

EL AMOR MUEVE MONTAÑAS

La historia la conocemos de sobra. Dos extraños viajan a un lugar de Norteamérica. Él está felizmente casado con su esposa; ella, también emparejada, planea su boda soñada. Hay un accidente. Sólo sobrevive la pareja protagonista. Después de ciertos devaneos y peleas, fruto del miedo, la incertidumbre, los secretos no revelados y la seguridad de que jamás serán rescatados a no ser que pongan tierra de por medio, empiezan a sentir una atracción mutua. Y surge el amor. Cupido, ya se sabe, trabaja mejor en parajes ausentes de población. Ya nos lo demostró Randall Kleiser en esa fábrica de hormonas adolescentes que era El lago azul, Guy Ritchie en la innerrable Barridos por la marea, comienzo de su declive cinematográfico, e Ivan Reitman en su descafeinada Seis días y Siete noches, tres largometrajes cuyo único propósito radicaba en reventar la taquillas de medio mundo a base de planteamientos razonablemente parecidos (dejemos solos a un hombre y una mujer en mitad de la naturaleza y a ver cuánto tardan en intercambiar fluidos).

Dirigida, sorprendentemente, por Hany Abud-Assad (cineasta de origen palestino tremendamente comprometido, realizador de piezas tan estremecedoras y valientes como Paradise Now y Omar) a partir de la novela homónima de Charles Martin, LA MONTAÑA ENTRE NOSOTROS se ajusta, con resultados más aceptables de lo normal, a las directrices marcadas por esta temática mil veces manoseada por la industria de Hollywood. Tras una presentación rápida de los dos personajes principales, el film arranca con un estimulante ¿plano secuencia? en el que se muestran los momentos anteriores al trágico incidente. Más que centrarse en su traumática experiencia, el director opta por desarrollar el idilio que poco a poco se va fraguando en la pareja, adornando las secuencias con bellísimas postales nevadas de una cordillera que parece no tener fin y exponiendo una supervivencia bendecida por todo tipo de felices casualidades.

A pesar de la nula química entre Kate Winslet e Idris Elba, estupendos por separados pero faltos de carisma cuando comparten plano, Assad muestra soltura tras la cámara y ofrece una narración limpia, con los artificios propios del género bien dosificados, consiguiendo un relato pegajoso pero respetable, insignificante pero con momentos de moderada emoción. Un ¡Viven! para toda la familia, sin el dramatismo ni los derroteros antropófagos de la epopeya de Frank Marshall. Eso sí, y aun a riesgo de parecer quisquilloso, podría haberse ahorrado la relamida y sonrojante escena que cierra la película.

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