THE SQUARE

LOS REYES DE LA SELVA

Entre copas alzadas, noches de juerga finalizadas con el resplandor del sol reflectando en el logotipo de Martini y turistas fulminados bajo el Síndrome de Stendhal, el escritor Jeff Gambardella asumía, en La Gran belleza, la batuta de maestro de ceremonias haciéndonos un recorrido por los más selectos rincones de la Italia heredada de Berlusconi. La Cara A presentaba la excentricidad que reina en estos nuevos ambientes cortesanos, dominados por mundanos felices consigo mismos por el simple hecho de existir y embriagados por el dinero, los narcóticos y la necesidad de capturar la juventud eterna. La Cara B, como contraposición, mostraba sus verdaderas caras, demacradas por la desesperación, los anhelos y los excesos de unas vidas marcadas por la hipocresía y el desenfreno. Para Sorrentino, en la Ciudad Eterna no hay cabida para aquellos que no pertenezcan a la Jet Set. Roma es por y para ellos. Para las clases pudientes. Para los reyes de la noche.

Con idénticos acordes musicales, parecida narración en forma de alargadísimos sketches y acentuando el nivel de acidez, el cineasta Ruben Östlund bucea, de un modo más sobrio y menos retórico, en el esnobismo y los falsos eruditos que asolan a la burguesía sueca en la excelente THE SQUARE, flamante ganadora de la Palma de Oro en el último Festival de Cannes. Una burguesía (capitaneada por el desconocido actor Claes Bang, magnífico como ilustre -e ignorante- publicista) asqueada con aquellos que no pertenecen al gremio, que humilla a los inmigrantes que aguardan debajo de sus ostentosos hogares y ahoga sus penas en el alcohol y en pomposas cenas de etiqueta. Sus insignes componentes se creen, como afirmaba Sorrentino en su obra maestra, los amos y dueños del mundo. Y como genial telón de fondo, Östlund sitúa a los personajes en el epicentro de un museo de esculturas contemporáneas, lugar en el que un simple montón de sillas apiladas o unos montículos de tierra son considerados reflejo de la máxima expresión artística. Un arte vacuo, absurdo y vergonzante. Como sus propias vidas.

Eso sí, lejos de sopesar el dramatismo de su argumento, el director decora semejante vodevil con toneladas de malicia, sarcasmo y comicidad, a veces desternillante y abierta al gran público (el episodio del Síndrome de Tourette, impagable), otras salvaje y negrísima como el carbón (la escenificación del rey de la selva, icónico momento y culminación de las intenciones propuestas por el film). Tan indomable como insolente, esta formidable crítica a la pseudointelectualidad, el postureo y la sociedad del consumo, no apta para todos los paladares, confirma al cineasta de la también admirable Fuerza Mayor como uno de los autores más personales, mordaces e interesantes del panorama cinematográfico europeo. Y por muchos y diversos motivos (y a cada cual más noble).

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