ORO

LA QUIMERA DEL ORO

Perfeccionista en cada plano, en cada línea de guion meticulosamente escrita, Werner Herzog pasó a la historia del celuloide, además de por un buen puñado de joyas cinematográficas, por su fama de llevar hasta límites casi neuróticos los rodajes que llevaban su sello de autor. Quizá el más famoso (junto a Fitzcarraldo, también marcado por la aparatosidad y los contratiempos) y el que mejor resume sus inquietudes más personales sea Aguirre, la cólera de Dios, versión libre de las aventuras del conquistador Lope de Aguirre por tierras amazónicas en busca de la legendaria tierra de El Dorado y su posterior declive, físico y mental, debido a las condiciones de tan peliagudo entorno. Ambición, desesperación y decadencia, conjuntadas en torno al fascinante onirismo del cineasta y a la mirada furiosa de Klaus Kinski, en continuo estado de enajenación mental, daban como resultado una de sus propuestas más fascinantes y alucinógenas, así como uno de los viajes más certeros al corazón de las tinieblas que el cine haya contemplado jamás.

ORO, último trabajo de Agustín Díaz Yanes después de nueve años sin ponerse detrás de las cámaras, recoge el guante mostrando una ampliación de las tesis ya expuestas por Herzog en su obra maestra. Eso sí, exhibiendo una especial predilección por los acordes del mejor western y la suciedad impresa en el cine del Peckinpah más amargo y derrotista. Descripción detallada de una de tantas expediciones españolas planteadas por España en busca de ciudades bañadas en oro en territorios del Nuevo Mundo, la película materializa con brillantez el ansia de los conquistadores por la gloria y la fortuna, sus anhelos y recuerdos abandonados en tierras ibéricas, el papel de una Iglesia incapaz de soltar el nombre de Dios de su boca y los infortunios acaecidos en unos parajes inhóspitos dominados por indígenas y criaturas desconocidas por el hombre.

La ira, el desarraigo y la codicia poco a poco se adueñan de la pantalla, las traiciones entre los exploradores, bajo el mando de un excelente José Coronado y con la presencia de la siempre impecable Bárbara Lennie, surgen sin necesidad de conspiraciones previas y la naturaleza, húmeda, indómita y abrasiva, se acaba convirtiendo en un personaje más, engullendo la poca humanidad que habita en sus malogrados protagonistas. Como ya ocurriera en Los últimos de Filipinas, lo mejor de esta magnífica y, a ratos, claustrofóbica epopeya, dirigida con la pasión característica de Yanes (a partir de un relato inédito del escritor Arturo Pérez-Reverte), reside en las lecturas desmitificadoras y sociales que atañen a este grupo de hombres, sin títulos nobiliarios ni riquezas, destinados allí por las altas esferas y abandonados a su suerte. Unos pobres diablos deseosos de una vida mejor que encontraron, en las antípodas del mundo, su propia autodestrucción. Y todo por una quimera.

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