EL AUTOR

EL QUIMÉRICO INQUILINO

Más allá de sus dilemas y su punzante análisis sobre el poder de la creación intelectual, EL AUTOR, el último y magistral trabajo de Manuel Martín Cuenca, cineasta consagrado gracias a la elaboración de un celuloide que escapa de las vanguardias establecidas, es un retrato demoledor sobre la incapacidad de algunos individuos, mediocres de sangre, para alcanzar el éxito y la plenitud artística. Si naces perdedor, mueres siendo perdedor. Los hay con suerte, como el personaje de María León, mujer de nuestro protagonista y estrella emergente en la prosa contemporánea gracias a continuos golpes de fortuna. Y luego está Álvaro, su infeliz esposo, notario de profesión y escritor por vocación, en perpetuo estado de frustración debido a la fama efímera de su cónyuge y enclaustrado, para su desgracia, en un minúsculo despacho con la única compañía de su insoportable compañero de trabajo (fracasado, como él) y de un ruidoso ventilador. Vive en su particular zona de confort, sintiéndose incapaz de dar el salto literario porque, en el fondo, conoce la aterradora verdad: ni el talento ni la imaginación forman parte de su ser.

El actor Javier Gutiérrez, enorme como siempre, compone un complejísimo personaje que hubiera hecho las delicias del director Roman Polanski. En su odisea por escribir el relato perfecto, y siguiendo los dudosos consejos de su profesor (fracasado, por supuesto, pero con la inteligencia suficiente como para aparentar distinción donde solo hay zafiedad), este quimérico inquilino decide encontrar la inspiración, la esencia de su universo dramático, en su propia comunidad de vecinos. Como buen voyeur, no duda en camelarse a la folclórica portera, espejo del chismorreo reinante en España, y en cotillear los entresijos, amorosos y laborales, de la pareja de inmigrantes con la que comparte patio interior. Todos ellos, ya lo habrán adivinado, marcados por el infortunio y la desdicha y manipulados por el autor siempre y cuando sea necesario realzar los detalles más suculentos. Todo sea por su obra magna.

Tan mordaz como satírica, tan desasosegante como perversa, la película funciona como un reloj suizo en cada una de sus vertientes cinematográficas: la dirección rezuma elegancia y predilección por los pequeños detalles; los actores están colosales (al mencionado Gutiérrez se le unen el excelente Antonio de la Torre y Adelfa Calvo, inconmensurable en su álter ego de Shelley Winters) y el guion aprovecha brillantemente los espacios cerrados en los que se desenvuelve la historia. Y como remate, el magnífico compositor José Luis Perales, experto en los asuntos del alma, engalana el esperpento con una melodía prodigiosa y extrañamente cálida que no hace más que incentivar el carácter malsano de la función. En este año que está a punto de finalizar, solo recuerdo dos propuestas españolas que me hayan convencido tanto como la cinta que nos ocupa. La primera es una impecable muestra de terror con nombre de mujer: Verónica; la segunda, la magnética y envolvente Handia. Con El autor tenemos un inmejorable trío de ases. Cine con mayúsculas, atípico, plagado de múltiples y sugerentes lecturas.

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