SAW VIII (Jigsaw)

COMPLETANDO EL PUZLE

Después de infinidad de secuelas, todas ellas cortadas por el mismo patrón, algunas incluso censuradas por su alto contenido en hemoglobina, la ya octología Saw se ha transformado por méritos propios (o defectos, según se mire) en una parodia involuntaria de los cimientos establecidos en sus orígenes, asemejándose a otras series cinematográficas de dudosa calidad como Pesadilla en Elm StreetViernes 13, deficiente desde su primer y bochornoso capítulo. Lejos quedan ya las intenciones de la película inaugural, dirigida por el hoy respetadísimo cineasta James Wan, imperfecta en su estructura y un tanto sobrevalorada en su supuesta originalidad pero con las trampas argumentales suficientes como para constituir un universo tremendamente apetecible para los amantes del slasher norteamericano (y del siempre recurrente público adolescente).

Siete años después del último episodio, cuyo único señuelo radicaba en la explotación de un 3D de andar por casa, los hermanos Spierig, expertos en los menesteres del horror (el próximo año estrenarán Winchester, uno de los largometrajes más esperados del género), resucitan esta rentable franquicia desgastada por la reiteración esquemática de su planteamiento. Y como no podía ser de otra manera, SAW VIII es precisamente eso: un autoplagio desmedido de sangre y amputaciones, de crímenes diseñados desde perspectivas inverosímiles (ríanse de Dario Argento y sus alucinógenos asesinatos), de delirantes tramas resueltas con un sorprendente final imposible de descifrar por parte del espectador. En este sentido, no trata de engañar a nadie.

Quienes gozaran con los anteriores episodios disfrutarán, seguro, de esta nueva carnicería, algo más comedida en lo referente a casquería y miembros desmembrados (posiblemente para evitar los mecanismos inquisidores). Por el contrario, aquellos que dieran carpetazo a mitad de temporada, pocas sorpresas encontrarán en un cinta con cierto hedor a telefilm que calca, punto por punto, los trazos y las salidas de tono propias de esta saga. Dicho esto, y sin ser una entrega por encima de la media, hay que reconocer cierta gracia en la picardía que subyace en la narrativa de sus dos historias paralelas. Nada del otro mundo y ya visto en cines, pero resuelta con una irreprochable efectividad.

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