PERFECTOS DESCONOCIDOS

EL DISCRETO ENCANTO DE LA BURGUESÍA

En los últimos años, el director Álex de la Iglesia ha encontrado un verdadero filón cinematográfico encerrando a sus personajes en claustrofóbicos espacios para, una vez ahí, y sin renunciar a sus consabidas dosis de mala uva, conducirles a un viaje directo a la locura y el desparrame. Quien tengas dudas que revise Mi gran noche, la demencial (en el buen sentido de la palabra) opereta protagonizada por un pletórico Raphael, en donde un grupo de infelices revivía la última noche del año en una desquiciada grabación televisiva mientras, fuera del plató, el mundo se derrumbaba víctima de un Apocalipsis sindical. Y este mismo año, con la divertidísima El bar, su mejor trabajo desde Balada triste de trompeta, volvía a encarcelar a una serie de mundanos en una tasca de Madrid, de esas que respiran el hedor a refrito en cada esquina, y los abocaba a una autodestrucción en las mismísimas cloacas de la capital. Ambas, cómo no, salpicadas de comicidad, histéricas resoluciones (apunte también recurrente del realizador) y, sobre todo, de una crítica implícita al egoísmo y la hipocresía de la sociedad del nuevo milenio.

Como tercera parte de esta especie de trilogía ficticia, marcada también por el confinamiento de sus protagonistas, nos llega PERFECTOS DESCONOCIDOS, remake de uno de esos films italianos laureados dentro de sus fronteras y totalmente desconocidos fuera de ellas. La premisa del mismo es bien sencilla: un grupo de amigos, la mayoría de nivel adquisitivo considerable, queda a cenar en casa de uno de ellos. En el refrigerio, a alguien se le ocurre un feliz juego: poner los móviles sobre la mesa y leer en voz alta los mensajes que lleguen durante la velada. Como ya habrán deducido, solo es cuestión de minutos que la fiesta, hasta ese momento guiada por la afabilidad, el buen rollo y camaradería, estalle por los aires.

Sin esconder cierto acabado teatral, pero alejándose con astucia de la compresión que otorga dicha escenografía, De la Iglesia aprovecha extraordinariamente la originalidad del planteamiento componiendo una película vibrante, áspera a la par que refinada, libre de los excesos finales que le caracterizan y punzante en sus corrosivos y desternillantes diálogos. Magnífica en la planificación de sus escenas, dirigidas con el habitual brío del cineasta, gran parte de la culpa de este triunfo, no obstante, la tiene la elección de sus intérpretes, brillantes en cada uno de sus roles, desde Eduardo Noriega (tronchante como fiel rompecorazones) pasando por Belén Rueda, Pepón Nieto o el inconmensurable Eduard Fernández. Y como no podía ser de otra manera, en este Carnage! (o Ángel exterminador, si lo prefieren), posiblemente la mejor comedia de la temporada, persiste una brutal parábola sobre la miseria humana y la dependencia actual hacia las nuevas tecnologías. Llevada al límite, sí, pero narrada con pasmosa e hilarante credibilidad.

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