TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS

SIN PERDÓN

Con tan solo dos películas en su haber, las muy aceptables Escondidos en Brujas y Siete psicópatas, el director Martin McDonagh ha dejado patente que la previsibilidad y los estereotipos son unas características inviables en las historias que plasma en pantalla. Dotado de un talento innato para atraer la atención del espectador a través de relatos que van in crescendo a medida que los minutos avanzan en el reloj, su habilidad de mezclar géneros y aunar en un mismo largometraje humor negro, ramilletes del suspense más visceral (y, si se quiere, crepuscular) y la violencia más explícita y juguetona, propia de la herencia otorgada por Tarantino, quedaba expuesta en unos libretos cargados de una originalidad que, si bien no alcanzaban cotas de grandeza, sí atestiguaban que, en no mucho tiempo, engendraría una obra capaz de reflejar, en todo su esplendor, su probado dominio del lenguaje audiovisual.

Y aquí la tenemos. Efectivamente, podríamos pasar a desglosar la cantidad de aciertos, intrínsecos y externos, que posee su nuevo trabajo, la sensacional TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS, pero hay uno que sobrepasa todos los esquemas estipulados: un guion que roza la perfección narrativa. Empapándose de los grandes clásicos del western, del estilo bravío de Ford, de la majestuosidad de las líneas expositivas de Hawks, McDonagh nos sitúa en uno de esos pueblos estadounidenses aislados del mundo moderno en donde nunca pasa nada y, cuando pasa, nadie sabe cómo resolver el problema. En semejante lugar, dominado por el racismo encubierto de los conciudadanos y la propia ley, una mujer cuya hija ha sido salvajemente asesinada clamará justicia y venganza ante el sheriff del condado, un hombre de buen corazón pero de estrategias metodológicas bastante cuestionables, sacando a relucir la putrefacción y las viejas rencillas que habitan en el sistema local.

Tanto Frances McDormand, espléndida como madre devastada por la tragedia, sola ante el peligro en un territorio controlado por la rudeza de los hombres, como Sam Rockwell, despreciable compañero de fatigas del jefe de policía con opciones de redención, aprovechan al máximo este fascinante viaje por los recovecos y el analfabetismo latente de la América profunda, deudor de la vena cínica, macabra y desternillante del mejor cine de los hermanos Coen y marcado por unas secuencias y diálogos (el monólogo de McDormand ante el párroco del pueblo, la escena en la comisaría en la que destapa su coraza y estalla la humanidad que todavía habita en ella) que serán estudiados, en pocos años, en las mejores escuelas cinematográficas.

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