EL INSTANTE MÁS OSCURO

LA HORA DE LOS VALIENTES

Apreciado por gran parte de crítica y público, señalado en numerosas listas como uno de los bienes más preciados del cine inglés, el sobrevalorado cineasta Joe Wright ha mostrado, en casi todos sus largometrajes (exceptuando su preciosa ópera prima, Orgullo y prejuicio), una inestabilidad narrativa que ha destruido, en gran medida, unos planteamientos de base cargados de jugosas y originales ideas. Le ocurrió en Expiación, su premiada adaptación de la novela homónima de Ian McEwan, un relato con una primera hora de una brillantez aplastante y una segunda que echaba por tierra todos los logros obtenidos por una incomprensible ruptura del tono y las formas mostradas hasta entonces; posteriormente, en las también fallidas Hanna y Anna Karenina, esta última lastrada por unas ambiciones escénicas incompatibles con el lenguaje cinematográfico, hasta llegar a Pan (Viaje a Nunca Jamás), insufrible revisión del clásico de J. M. Barrie, tal vez la peor traslación del mítico personaje que el cine ha presenciado a lo largo de su historia.

Como era de prever, EL INSTANTE MÁS OSCURO, retrato de los meses cruciales en los que Winston Churchill, recién nombrado primer ministro británico, tuvo que decidir entre pactar un acuerdo de paz con el régimen nazi o llevar la contienda hasta sus últimas consecuencias, presenta la mayoría de las constantes habituales del director: un remarcado academicismo, visiblemente empañado por el carácter británico de la producción, que le impide explorar ámbitos más arriesgados y complejos; un desaprovechamiento táctico de los secundarios, principalmente de una perdidísima Kristen Scott Thomas como mujer del mandatario (divertidamente, nominada al Bafta como mejor actriz secundaria) y la pretenciosa ejecución de algunas secuencias (todos y cada uno de los planos cenitales aéreos, el chirriante momento en el metro de Londres), incompatibles con la elegante ambientación global del film. Pero también tiene la presencia de un actor, oculto bajo litros y litros de maquillaje, capaz de transformar la función en un espectáculo, si bien no sublime, al menos respetable. Me refiero, ya habrán adivinado, al gran Gary Oldman.

Acusado, a veces con razón, de ofrecer unas actuaciones afectadas por el histrionismo y la sobreactuación, también nos ha regalado extraordinarios trabajos interpretativos, dignos del mayor de los aplausos, tanto en sus inicios en el cine de Stephen Frears (con la maravillosa Ábrete de orejas) como en su trayectoria en el Hollywood de principios de los noventa (la imponente Drácula de Bram Stoker, tal vez su papel más celebrado). Aquí, nuevamente, Oldman ofrece una excelsa, palpitante y en ocasiones caricaturesca (para bien) composición del Primer Lord del Almirantazgo, deleitándonos con un absorbente dominio escénico y una mimetización del personaje que lo confirman, una vez más, como uno de los artistas más versátiles y brillantes de su generación.

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